Cabellera del éxtasis

1 Octubre 2008

Olga no era la muchacha acostumbrada a tomar el té con mamá, tampoco la chica de barrio de cita callejera. A sus 16 años, Olga era una señorita y sabía ubicarse dignamente en su lugar. Habituada a valerse por sí misma, atendía en el mostrador de una de las cien tiendas que American Dry Cleaners tenía en Lima; aquella que quedaba en la 9 de Carabaya, a dos cuadras de mi colegio, el Lima San Carlos. A mis 18 años, yo todavía no terminaba la secundaria y claro, no era el galancito que los domingos por la tarde la recogiera en su casa para llevarla a la matiné. El padre-presa que ella tenía -un taxista suelto en plaza que había jurado pasarme por encima su viejo Buick verde petróleo de dos toneladas- me lo impedía.

Superando la contrariedad, nos veíamos los domingos en el Parisi, donde tomábamos milk-shake estudiando la cartelera. Continuábamos a un cine de estreno, el barrio no importaba, podía ser incluso el umbroso El Porvenir, pero tenía que ser de estreno. El buen cine del 62 lo vi acompañado de Olga.

Ufano, porque mi chica, trigueña y agraciada, tenía una cabellera negra, ondulada y sedosa, que exhalaba un aroma a miel de caña que me deslizaba como por un tobogán a las risueñas plantaciones de nuestra niñez. Y un tanto receloso por su vestir de señorita: blusa ligera, falda campanuda, zapatos de tacones altos y cartera; una cartera de cuero guinda, que contenía ella sola, además de su parafernalia detocador, bizcotelas, chocolates y caramelos. En ésto sí ella era una niña.

Estábamos rodeados por los hitos ambientales y sentimentales de la infancia provinciana, y ésto me infundía una confianza irreverente. Y la irreverente confianza tenía nombre propio: Marina, hembra de la calle El Tigre, vaya si era una fiera; mestiza, ojos chinos, labios carnosos y un cuerpazo de mujer; era joven, coqueta, trabajaba en Sears -donde la conocí la vez que Angélica me compró un terno de lana gris-, y alquilaba un departamento para ella sola. Una salida con Marina me costaba la propina de un mes, pero valía la pena porque el baile en el Majestic o el chapuzón en Ancón culminaban en unos polvos cojonudos que me henchían de vanidad y me libraban de México, el laberíntico y sórdido burdel de La Victoria.

Tocaron el timbre del departamento. Mi madre, Donatila, abrió y desde mi dormitorio reconocí la voz de Olga. Mamá la atendió en la puerta; lo hacía con cautela, pues era la primera vez que se veían. Cuando Olga se fue, mamá se me acercó.

-Una muchacha vino a visitarte, le dije que estabas enfermo, te dejó saludos. Dijo que se llamaba Olga- me comunicó mientras me acercaba la frente para que la besase, y yo fingía despertarme. Observé que mi madre no dijo señorita o amiga, y no me preguntó quién era Olga.

Por su parte, la vehemente Olguita no dio marcha atrás, esperó en el rellano de la escalera. Cuando fueron las nueve en punto, mamá me sirvió el desayuno, hizo unas recomendaciones, tomó su bolsón de junco y salió, bajó por el ascensor y se fue al mercado. Yo ya esperaba a Olga en la sala cuando ella entró vivaz y tierna, nerviosa por el fiasco con mamá y escandalizada por mi enfermedad. «En realidad se trata de una gripe -le dije- y ya estoy bien». Plenamente aliviada, tras largos besos mojados en el sofá, pasamos a mi cuarto.

Tenía los cabellos de bestezuela desplegados sobre la almohada, la mirada brillante y triste, los labios encrespados, la piel morena cálida y lisa, los pechitos de aureolas y pezones pardos despertaban la iniciación -hundí levamente la yema de mis dedos en ellos-, la enagua levantada hasta el calzón de encajes que traslucía su vello íntimo; una conmoción fragante emergía de ahí. Olga era un cuerpo expectante.

Tiraba de su trusa, cuando sus sollozos me hicieron levantar la vista; Olga lloraba con tierna exaltación, hecha una pobrecilla. Mi experiencia cachonda se agolpó en mi memoria como una imputación, sentí piedad. Los sollozos echaron a perder la arrechura de mi pichón.

Extremando mi engorro por no haber llegado a mayores, la evité durante unos meses. Más cuando llegó diciembre, fui a verla a Carmen de la Legua, su empedrado barrio de junto al río. Era de noche, me puse en un lugar discreto, a distancia prudente de su casa y silbé convenidamente. Apareció Olga y su tremendo pelo de la mano de un atorrante, lo cual me dió muy mala espina. Cuando llegaron, interrumpiéndome el saludo, habló él:

-Yo sé bien quién eres tú, Olga me lo ha contado todo, pero eso se acabó, ella es mía, tú ya no cuentas. ¿Entiendes?

Se figuraba el petulante que sus palabras bastaban. Yo estaba armado de manopla y cadena -un miembro de la pandilla de Chlebowski jamás andaba desarmado-, pero no necesitaba recurrir a ellas para barrer el suelo con el mequetrefe, lo descontaba. Sin embargo, sabía que pisaba terreno enemigo y que en cualquier momento de la medialumbre callejera surgiría la canalla. Esto último y la actitud cómplice de ella me impidieron atacarlo por sorpresa. Dejé de mirarlo como al adefesio que era y apunté la vista a la turbada Olga.

Ella, presentada así, era patética. Su impaciente juventud había cedido. Era un hecho que él la tenía. Le pertenecían su intimidad, sus sentidos. Me sentí despreciado. No obstante, un punto de honor me indujo a preguntarme: ¿tenía él su corazón? ¿Conocía él sus latidos tan bien como yo? Aposté a su corazón:

-He venido porque acordamos viajar a Trujillo para pasar juntos la Navidad -le dije con el ápice de ternura que me quedaba-. Bueno, ya empezó diciembre y me pareció oportuno recordártelo. No contaba con que tú…

Olga empezó a llorar como una desventurada, un llanto culposo con ayes y restregándose los ojos y la cara con las manos. En eso también era una niña. Y el pobre diablo estaba demudado por la ironía. Yo, el primer chasqueado, aproveché de la comedia para largarme. Mientras caminaba odiaba los resabios poblanos de Olga -que también eran los míos-; mas esperando en el paradero gocé un resarcimiento burlón. Ya venía mi autobús, cuando una andanada de piedras cayó muy cerca de mí. No estaba equivocado respecto de la canalla; me salvé trepándome al vuelo.

Ahora, que vivo rodeado de mis pasiones pretéritas, tengo sentimientos encontrados en mi relación con Olga, a quien no he visto más ni he sabido de ella. No obstante, de aquel desencuentro adolescente no ha brotado rencor. Aquello fue el doble juego de una muchacha temprana y un enamorador novato que una mañana candorosa perdió, en la ciudad del río hablador, una virgen con la cabellera del éxtasis.

(2005)

Ángel de Vilcabamba

10 Mayo 2008

Ángel del aire ángel de la tierra ángel niño
me fue dado acompañarte y así aconteció en el inicio
y feliz era nada me faltaba.
Pero te abandoné en brumas de incienso me extravié
nadie recuerda mi gloria vana.
He empobrecido padeciendo vivo
dando gracias por nada a todos orando ante el miedo.

Pero ya no más ya basta
mi bondad mi ánimo mi ilusión no están entumecidos
no estoy vencido no desmayaré nunca más.

Amantísimo ángel: Estoy aquí mírame
recobrado por la sangre fortalecido por la sangre
emancipado por la sangre.
Estoy aquí háblame nuevamente enséñame
el verbo material el modo esencial.
Eres salvaguardia segura labor ardua poder extenso
tiempo progresivo que revive que redime la esperanza.

1988

El libro de los sueños existe. A él he llegado de modo natural, sin que me lo proponga. En lo que va del verano se me ha revelado en dos ocasiones. Dos veces he cruzado el umbral de su misterio.

El hermoso volumen aparece en dócil claridad, después de un fluido azul, levitado en el eje de una cámara irreal, sin anaqueles, sin muebles, plenamente de él. No es un libro santo, es un libro sabio. Amplio y solemne como un tomo de la Suma Artis, abierto entre la multitud de sus páginas, amable como un loto de sedosa luz.

Me mostró -digo me mostró porque, aún estando tan cerca no estuvo a disposición de mis manos- su página derecha: alba, de exquisita tipografía itálica. La página izquierda, que corresponde al pasado, retuvo por un momento mi atención, pero no alcancé a descifrarla, inmerso como estaba en el presente.

El libro es premonitorio. Su lenguaje es simbólico, pero su mensaje es claro y su claridad cae sobre nosotros. Dice que nuestro amor es apenas vivido y comprendido, «un niño que empieza a caminar a través de los siglos». Expresa el juego complejo de la realidad, advierte las pruebas que hemos de afrontar; lo avisa en toda su página.

Como quiera que esto no me ha sucedido jamás, y no es una novedad -el libro de los sueños es comentado a través de la historia humana por escritores y artistas-, estoy creyendo que es verdad.

Créelo tú también, el libro de nuestro destino existe. Habita la fase del sueño, más allá del ensueño, en el confín del silencio, cual loto-luz en la noche unánime.

1991

Ofrenda

10 Mayo 2008

Te ofrezco la noche insomne, la luna opaca,
la lívida luz del alba.
Te ofrezco el candor de un hombre que vive amargado.
Te ofrezco mi talla moche, mi estirpe sefardí.
A mi abuelo el tejedor Manuel;
amó mucho, se casó tres veces, vivió 102 años.
A mi padre obrero, redentor, encarcelado y torturado,
muerto de tisis en la sierra de La Libertad
-sobre su tumba anónima amarillea la escorzonera-.
Te ofrezco redivivo, al desgraciado nonacido que matamos,
y nos mira desde su ventana umbilical.
Te ofrezco una calle, un malecón, una ciudad de palabras
en la que puedas menearte.
Te ofrezco mi fidelidad renovada, mi nueva amistad.
Lo cautivo de mí, lo verdaderamente real, que permanece puro
y que no he estrenado en la vida ni ha envilecido el mundo.
Te ofrezco la melodía silvestre de un huayno
que endulzó mi corazón antes que nacieras.
La vieja canción que empezamos, culminada.
Te ofrezco nuevas revelaciones sobre el estilo de tu amor,
experiencias vivas de cómo amas ahora, cómo ahora sueñas.
Te ofrezco la ambición de Ai Apaec, el fuego de Jan.
Te puedo dar mi soledad, mi multitud, el río de mi niñez.
Estoy intentando intimarte con cambios, promesas,
novedades, orfandades, gratitud.

1992

Marinera serrana

10 Mayo 2008

A Ayacucho me voy
-rincón de muertos-.

Tal vez una cantora
labradora o pastora
alfarera o hilandera
suelte su cabellera
negra y hechicera
que me haga morir.

La amaré dulcemente
y en Peraspampa
ataré a su trenza
-como un globo rojo-
mi corazón peregrino.

A Ayacucho estoy yendo
-rincón de muertos-.

Pues ¿Quién soy yo?
Chilalo del Chicama
canto extraño
cariño grave.

Ayacucho, 1994

Endechas

10 Mayo 2008

Agua rala
que mana del pedernal
hebra clara
que despierta
pardo caracol.

Canción fluvial
rumor de bosque
eco lancinante
que atiende
el oído campestre.

Rosa montuna
amarga espina
tórrida sangre
que invade
el corazón eriazo.

Tórtola cuculí
ondeo del viento
zureo del sueño
colinas de pan
incesante vuelo.

Noche huamanguina
deseo recóndito
de la luna
gorda y prieta
sobre el cacto.

Varona de raigal tribu
desnudo pie
obstinada danza
leve polvo
que asciende.

1997

Sino platónico

10 Mayo 2008

Sentada en el autobús
eres forma frutecida
visaje amable
impresión regocijante
sentimiento de aventura.
Viajas con los anillos tribales
de tu garganta.
Al norte vas
a tostar tu piel de apañadora
a desaliñar con guisos picantes
tu aliento de canela.
De pie en el pasillo
con su obstinada pasión inútil
un extraño te ambiciona.
Soy yo, quien hiende la noche
para ver inusitadamente
tu rosa encendida.
Soy yo, quien despliega el sueño
para no agostar el sentimiento,
y cierne tus matices y tu luz
para corporizar la muchacha
que no obtuve.

2000

Aquilina

10 Mayo 2008

Con luz de alborada
por alto camino de tierra
rozando pálidas nubes
con su penacho florido
Aquilina va.
Sombrero negro recamado
blusa corazonada
pollera de un rojo cardenal
zapatos en mano pies ligeros.
Sola va animada
a la feria dominical.

Con el carmín crepuscular
arrebolado en sus mejillas
la parqueña vuelve.
Sombrero negro a la pedrada
blusa corazonada
pollera de un rojo cardenal.
zapatos en mano pies ligeros.
Sola vuelve enamorada
-lo delata su mirada-
del Chacapunco ferial.

Parco Alto, 2002

Venus de Frías

10 Mayo 2008

Se acabó la muchacha de Ancieta Alta
que aprendió serigrafía y fue asistenta en mi taller de cinco
en el pisito elevado de Venezuela.

Fueron seis años de aguarrás
grabados charlas clamores y besos furtivos
porque el dueño dueña tenía.

Dejó su risa impregnada en las paredes
su llanto absorvido en el cielorraso
flotando sus senos obedientes
su cambiada piel tirada sobre el piso.

Se acabó la señorita que fue al Brasil
y con amor trajo un crío guaraní
que le sacó canas a su bonito pelo macho.

Se acabó la señora de los abrazos somnolientos
en la alameda Las Malvinas
pues madrugaba a pedalear con El Comercio.

Se acabó mi Venus de Frías mi China Hereje.

Se acabaron su piel bruna sus ojos color melaza
sus labios arrezagados sus dientes de leche
sus manos alisando sus caderas
sus nalgas de fuego que encandilan las ansias
y los goces.

2006

Campo de Marte, 2006.
Foto por Ricardo Alvarado.