El Demonio en su momento

23 Agosto 2009

Compartimos la carpeta en la escuela. Ambos tenemos nueve años, pero Tato es un poco más alto. Yo lo acompaño siempre, ganado por su ímpetu y su destreza en los juegos del monte.  Vamos a apedrear lechuzas al Vivero, a cazar libélulas y bañarnos en el arroyo de los juncos, a trastear en su chiquero que queda cerca al pantano de la pampa de aterrizaje, donde su madre ceba un cerdo Poland-China gigante, color negro con manchas blancas en la trompa y las patas.

Frecuento su casa en la calle Bélgica, a la entrada del poblado. Tato no tiene hermanos, su papá es viejo y opaco, su mamá es joven y buena moza. Ambos visten de negro, con blusas blancas.  El hogar es pobre, sin visitas, pero ordenado y pulcro, con un vaporoso aroma de hierbabuena que viene de la cocina y se sirve en sopa shámbar para Tato y para mí. La señora es generosa, amable y tiene la voz cantarina:  ¿Por qué no has venido ayer, Nardito?  Dime ¿Qué te ha pasado, zorrito?  ¿Alguien aquí te ha puesto mala cara?  ¿Yo, acaso?  ¿Acaso te has peleado con el Tato?  Los niños no deben pelear.  Entre amiguitos no deben pelear. Me lo dice tomándome las manos, acercándome su luminoso rostro. Entonces yo me explico, me disculpo, prometo.

Una tarde, en la cocina, cuando los pollos piaban tanto en el corral, la he observado en justillo, destejiéndose la trenza, desmelenándose y lavándose el cabello, inclinada a una palangana blanca;  jugando con la espuma del jaboncillo del campo, entreviéndome sonriente tras el flequillo de su cabellera mojada, mostrando los hombros plenos, la nuca graciosa, la espalda tersa, su escote profundo y secreto, que me abrasan de rubor.

Anteayer, en el recreo, cuando jugábamos a los trompos bajo el aromo que perfuma y da sombra al patio, Tato me dijo triste:  Mi mamá ha vendido el puerco y ha huido con un hombre a la hacienda Sausal. Y mi papá ha ido persiguiéndolos. Yo me he quedado con mi tía.

Ayer mi amigo faltó a la escuela.

Hoy, él no quiere jugar. Y, sobreponiéndose para no llorar, continúa:  Mi papá ha regresado, solo. Está pasmado, sin oriente. Se marcha mañana a la sierra… llevándome. Tato se vuelve ausencia, pena, cólera, desesperación. Como para salvarme, pienso en su mamá. Esforzándome por entender cómo el maléfico Demonio la inquietaba, dónde la acosaba y en qué terrible momento abatió su alma, desbarató su blusa, su justillo, su pollera, y se metió en su cuerpo fragante y bonito. Y qué poder tiene el pecado para desviar la vida de Tato y acabar la de su padre.

Pintar un cóndor

15 Agosto 2009

condor

Tenía un imponente cuerpo cubierto de plumas negras, una cabeza calva, rosada y encrestada; su pico era crema, grueso, ganchudo y filoso; sus ojos pequeños, su mirar atento; un collar de plumillas blancas rodeaba su pescuezo desnudo; unas patas escamosas, armadas de agudas garras, lo sostenían de un travesaño; estaba prisionero en una enorme jaula de hierro suspendida por una cadena de la viga del techo; de todo él emanaba un brillo sedoso, un olor denso. Era el cóndor, el ave divina del antiguo Perú.

La noticia la trajo el viento.

- ¡Han cazado un cóndor! ¡Un dios andino!
- ¡Está en el Kindergarten!

Corrimos hacia acá. Como son vacaciones, las puertas del salón estaban cerradas, pero, empujándola, una puerta lateral se abrió y entramos a esta amplísima aula que dejamos hace cuatro años. Los ventanales arrojaban polvo de luz que inundaba el salón. Aquí, en el fondo, se hallaba la majestuosa criatura.

Un gringo barbudo, vestido de bata blanca y boina azul, estaba frente al cóndor. Era el pintor, quien nos recibió sin sorpresa, respondiendo a nuestro saludo con una sonrisa leve, pero sin hablarnos. Terminó de armar un caballete macizo, colocó en él un bastidor muy grande, cubierto con lienzo blanco; miró al cóndor como si quisiera comérselo, y escuchamos que le dijo «Vamos a dibujarte». Y comenzó a delinear el contorno con un carboncillo en la espaciosa tela blanca; lo hacía suavemente, pausadamente, degustando el trazo. Continuó con los detalles. Empezó a aparecer el cóndor, libre de la jaula; primero su cabeza agazapada y cavilosa, después su pecho, sus alas recogidas y, al final, sus patas; pero el artista cambió el palo donde el animal se paraba y, en su lugar, bosquejó un risco en una cumbre soberbia. A ratos, el pintor tomaba distancia, cruzaba los brazos, miraba al cautivo, al dibujo; hacía un mohín gracioso, como para darse ánimo, y acentuaba con toques finos el bosquejo. Al mediodía, el dibujo estaba acabado. El cóndor aparecía de frente, inmóvil, como persona en un retrato.

Aquella noche soñé con el cóndor. Yo montaba sobre él, en vuelo altanero y sereno por el azul tierno, encima de las montañas, entre nubes algodonosas.

Al día siguiente encontramos al pintor delineando con un lápiz rojo el contorno de la figura; después tomó la paleta y el pincel y fue manchando la tela, de color gris el cuerpo del ave y de añil el fondo, solapando la figura con una fea capa de color. El dibujo del cóndor apenas se veía. Pensamos que el pintor ya no lo quería, que no podía con él, que se había vuelto loco, y se lo dijimos; pero su indiferencia nos silenció.

Asistiendo a ver al cóndor -severo y caviloso, mirándonos desde su jaula- empezamos a comprender la pintura: las pinceladas ágiles, el colorido esencial en que la imagen de el ave iba surgiendo cada vez más real sobre el fondo añil. Y nos acostumbramos a la manera con que el pintor observaba al cóndor, a veces con suavidad, a veces con dureza; iba como desnudándolo, como desalmándolo, tomando su plenitud para el lienzo.

Al cóndor nunca le fallamos los zorritos. Veníamos secretamente, convocados por él. Una mañana, estuve mirando el trabajo y las manías del pintor y, de sopetón, le dije:

- ¿Es verdad, maestro, que usted se llama Joaquín Marlés, y ha venido de Barcelona a pintar un retrato de don Constante y doña Martha?

El pintor, todo sorprendido, se volvió y habló:

- Es verdad. Y tú ¿cómo diantre lo sabes?

Más sorprendido aún, me apuré en contestar:

- Mi hermana Angélica es enfermera de la casa-hacienda. Ahí lo vio a usted pintando a los señores. ¿Pintar señores es más difícil que pintar un cóndor?
- Oh, no. No lo es- contestó sonriendo el artista.

En tanto, el cóndor permanecía de lo más extrañado, como asombrado de estar prisionero sólo para ser mirado. Y el pintor lo observaba de manera diferente, pensando, como si no lo estuviera viendo. Se le acercó armado de un pincel muy grueso y dio con el mango un fuerte arañazo en los barrotes de la jaula. El ave se espantó, dio un feroz graznido y abrió las alas para atacar, pero las alas eran tan amplias que se estrellaron contra los fierros de la jaula, balanceándola bruscamente, produciendo un ruido grave, áspero, seco, y un crujir agudo, ferruginoso, monótono; levantando plumas, polvo de estiércol y un olor más denso. Sentí un miedo atroz.

El pintor quedó mirando profundamente los ojos graves del cautivo, como leyendo sus furibundos pensamientos. Después de un rato, descarnado y punzante como un palmetazo, le dijo «Vamos a empastarte». Y comenzó a matizar la pintura, ayudándose con la espátula enana que usaba para batir los óleos. Los colores se acentuaban o se esfumaban. Iba apareciendo una luz tersa en el cóndor; como si tuviera la sangre enardecida, dejaba de ser tierno, se llenaba de fuerzas.

La noticia la ha traído el viento.

- ¡Han soltado al cóndor!
- ¡El pintor lo ha liberado! ¡Y el cóndor lo ha remontado!
- ¡Se han ido volando!

Al jardín de infancia hemos venido corriendo y en realidad, el ave no está, y el artista tampoco. Sólo está la pintura, animada por lindas pinceladas. En ella aparece en verdad, el cóndor, como extasiado, lleno de brío, encaramado en la cumbre, inclinado hacia el cielo añil.

(Publicado en Checán y otros cuentos, 1996. Versión corregida).

Jopo

27 Octubre 2008

«Higinio, por fin te encontramos.  ¡Despierta! …Mira nomás cómo te han golpeado. ¿Qué quiénes somos? Pues Dominga y yo, un cazador nocturno. Sí, el mismo a quien corriste ayer, cuando me atravesé en tu camino. El moro en que montabas entendió mi amistosa intención de hablarte, pues al verme salir del maizal se detuvo amablemente, pero cuando desenfundaste el revólver dio un relincho encabritándose y, después que erraste el primer disparo, haciéndose el asustadizo apuró la carrera, librándome de tu andanada de balas».

«Claro que eso de querer matarme no es cosa personal sino abominación, pues entre crédulos nosotros somos mala señal. Pero mira tú cómo son las cosas; salvadas las apariencias, tú no eres distinto de mí. Y si me hubieras escuchado, habrías evitado la golpiza, enterándote de que Porfirio Sánchez te buscaba para finiquitarte, pues había sorprendido a la pequeña Liduvina -la niña de sus ojos- hablando en oro de tu guapeza.   Dices que no tienes nada que ver, te creo. Sin embargo, las esforzadas patrañas de nuestros detractores campean sobre nuestro prestigio. Y para colmo, tenemos infundada fama de polígamos y poliandras».

«Pero esconde la pena debajo del sombrero, que de malicia está colmado el pícaro mundo. Mira bien qué terreno pisas, qué mujer festejas, cuando vas por Tulpo, Mollepata, Pullally… tirando prosa con tu juventud, tu bigote Avelino, tu caballo prestado y tu revólver fallón, dando lustre a tu cargo de caporal de la hacienda Tulpo. Sordo a los ruegos de la prieta. Si no lo sabes, el amor entre nosotros es como la cucaña, donde el premio se consigue con gran habilidad y esfuerzo, no llegando a la cima de la cucaña, sino asentándose allí con una pasión de por vida. Vayas donde vayas, siempre volverás al cubil como baqueano».

«Ve, Higinio, con Dominga y las niñas. Retocen de celo o duerman profundamente en el día bajo los árboles de anchurosa copa. Abran ojos, oídos y narices a la noche, sigan la vena húmeda que brota de la peña de Quiruvilca y baja saltando a formar el río y a vivificar la tierra con su aliento de agua. Orillen el Alto Chicama. Pesquen, cacen en la foresta, hasta donde el agitado descenso mengua, la corriente se torna creciente barrosa, que ondea y corre, y sus cantos se colman de meandros arcillosos. Allí, entre el mar y esa inmensa llanura costera que hace tres mil años fue un calabazar y ahora es un cañaveral, establézcanse. Huyan ahora mismo de este sitio pesado».

«Desde luego que me gustaría acompañarlos por aquellas frescas riberas de sauces y carrizos, a seguir el rumbo de los antepasados, ahora que las lluvias han empezado y el Chicama es nuevamente un río de avenida que reclama víctimas. No es por temor, sino porque los machuchos como yo, por instinto comarcal, no abandonan el territorio acostumbrado. En cambio ustedes, jóvenes ubicuos, ases del nadar libre, el rastro invisible y curtidos de vértigos abismales, que no se amilanan pelándose de frío en esta loma de Mollepata, tampoco se arredrarán chamuscándose por el sol del Chicama. Perdonen la arrogancia, pero somos capaces de sobrevivir en cualquier ambiente».

«Por donde trajinen, la fuerza del instinto será su salvaguarda, y la vocación por el vagabundaje -que espanta a los poderosos-, su auténtica libertad. El pueblo, los desiertos, las lomas, los bosques, los cañaverales, los ríos, el mar costero, son sus elementos; como lo son aquí en la sierra los hombres comunes, las quebradas, los maizales, las punas, las serenas lagunas, las cuevas de los cerros. Bajar al Chicama será retornar al valle ancestral tras un exilio de 500 años, impuesto por Túpac Yupanqui a los chimús tras tomar la hasta entonces inexpugnable Chan Chán. Debemos saber volver a casa».

«Somos una familia que ha sobrevivido a los varapalos del tiempo. Una estirpe que en época de los gentiles, por decir una malhadada verdad, Cuniraya Viracocha condenó a ser odiada por los hombres y caminar en la noche. Pero ¿cómo pudo un dios foráneo castigar sin contemplación a los hijos de Ai Apaec, dios mayor del panteón Moche? Éste, con justeza, nos dispuso como centinelas de su toldo divino… ¡Arriba de la testa sacra! El Hacedor nos facultó de entendimiento y fácil adaptación, ennobleciéndonos de espíritu y buenas maneras. Más, vencida la divinidad, tomado el reino, relevada la honorable guardia, fuimos arrojados a vagar como salvajes y difamados por los celadores de la moral. Mas no pudieron despojarnos de ánimos».

«Callada la memoria familiar, vamos a la caza de un tiempo nuevo. Contamos con la savia de esta tierra. Nos hace falta, sin embargo, la humana fuerza. Así, te pido que te propagues, y no te confundas ni permitas que nos confundan.  Nosotros somos, según las naciones, rojos, grises, blancos o plateados, pero no existe el color de la fatalidad en la familia; esa es invención del jilguero. Yo, como ves, soy un zorro gris vecino de Tulpo, amigo del cóndor, que, oteando el rastro de la sangre, he llegado a esta zona de niebla para avisarte».

Los pies de María

1 Octubre 2008

-¡Bernardo!- clamó la profesora Mercedes.

Me puse de pie a un lado de la carpeta, como si hubiera escuchado «¡Firmes!».

-De modo que esta vez usted se ha pasado el recreo afirmando, ante los tontos de siempre, que la luna tiene mares, desiertos y cráteres de volcanes apagados en los cuales es probable que exista la vida- me amonestó con tono irónico, creando expectación en el quinto año de primaria.

-¿De dónde ha sacado usted estas extravagancias? -continuó.

-Lo comentó mi hermano Wilfredo, hoy durante el almuerzo- alcancé a responderle.

-¿Wilfredo?

-Sí, señorita, él nos dijo que lo había leído en la revista Selecciones.

La profesora puso gesto de sorpresa, pero se recobró en seguida, dio por terminada la indagación y sentenció:

-Como escarmiento, desde ahora se sentará con Celina.

Todos mis compañeros soltaron la risa. Y era que, a pesar de ser la Fanning una escuela mixta, iluminada por la luz de la razón, los niños y las niñas jamás nos sentábamos en pareja.

Conocía bien a Celina; bueno, quién no la conocía, si su casa servía además de oficina de teléfono, distribuidora de periódicos, revistas y tienda con rockola. Gorda, rubicunda y hecha un manojo de nervios, Celina era la niña más romántica y bondadosa. Su romanticismo era desde luego platónico, y su bondad edulcorada -hecha de cocoa, leche, azúcar; cocida, batida, amasada en bolitas y envuelta en papel glacín- llenaba una lata de galletas danesas. ¿Cómo un zorrito amistoso, diligente y culto podía sentirse mal por compartir secretamente romances y chocolatines, y por soplarle las respuestas a tan distinguida anfitriona?

No se suponga que la bondadosa Celina me obsequiaba sus chocolatines; más bien tenía el buen gusto de canjearlos por mis papeles secantes estampados con propaganda médica, a diez confites por cada secante.

Yo no estaba mal en aprovechamiento; recuerdo que las matemáticas aún no eran mis enemigas más encarnizadas, pero tenía la sospecha de que la profesora quería jalarme de año. Ésta, aprovechando mi nueva ubicación, tomó por sorpresa un paso escrito de matemáticas, y se la pasó vigilándome. Como nunca, le di en el ojo con un 19 que no pudo escamotear. Celina plagió mi paso y obtuvo un 12.

Más adelante, por una travesura nimia, la profesora llamó a mi hermana mayor valiéndose de un recado que yo llevé. Angélica, que nunca atendía las solicitudes de mis profesoras, accedió a ésta, pues no se trataba del consabido favor personal, sino de algo instructivo relacionado con su engreído hermano.

La enfermera Angélica apareció en nuestra aula, la mañana siguiente, enteramente de blanco. En un santiamén, nos pusimos de pie. La profesora, que escribía en la pizarra, volteó sonriente, dejó la tiza, chasqueó los dedos -según su costumbre- para sacudirse el polvillo y fue hacia ella invitándola a avanzar con los brazos extendidos. Mi hermana la alcanzó y la besó.

-Buen día, maestra. Perdone la interrupción.

La puntualidad, la pulcritud y el trato afable de Angélica emocionaron a la profesora.

-Disculpa, Angélica, que te haga venir, tan ocupada como estás, pero este niño me inflama la sangre- le iba diciendo a su brillante ex-alumna; cuando se dio cuenta que nosotros permanecíamos parados, nos ordenó sentarnos y bajó la voz.

La visita de mi hermana acereentó mi orgullo familiar y sirvió para que la profesora me tratara con justedad. Eso pareció porque, un día después, me mandó a sentarme con María.

María era una niña delicada -de suavidad, no de debilidad-, y quizá por ello, a contrapelo de su buen aprovechamiento, no brillaba tanto; era así mismo novia de mi amigo Cosme, de modo que me senté y me sentí muy bien a su lado.

Un poco por la costumbre libre de las norteñas, otro tanto porque el clima iba tirando para verano y su sofoco empezaba a sentirse, María acostumbraba sacarse los zapatos para airear sus pies. Fue buscando en el piso el borrador que se me había caído, cuando me topé con sus pies, que reposaban desnudos sobre sus zapatos; eran pequeños, claros, de tobillos delgados, tersos, de uñas nacaradas y despedían el cálido olor de la transpiración y el cuero. Pies sin trabajo ni fatiga. Su descubrimiento me enardeció y luché contra la incitación a tocarlos suavemente.

Contemplaba y husmeaba con gozo los pies de María. Ella, por su lado, hacía la vista gorda. En un pueblo saturado de sensualidad, estas cosas resultaban verdaderamente pueriles.

Sin embargo, iniciaron mi admiración por el cuerpo, creando mi primera sublimación. Amo los pies de la mujer, tanto como los labios, las mamas o el pubis. Y siempre que dichosas circunstancias ponen ante mí una hembra digna de merecer, observo sus pies con ansiedad, y los apruebo o repruebo evocando los pies de María.

(1985)

Shillica

1 Octubre 2008

A Susana Cabanillas la conocí en la plaza Francia, una tarde de mayo de 1984 en que observábamos las grandes vitrinas de la librería Studium. Su atuendo negro, su silueta bondadosa atrajeron mi atención. Blanca, carnosa, de estatura y edad medianas. Al saberse observada, la ricahembra usó, con hábil simulación, la treta de arreglarse un arete para mirar de soslayo a quien la contemplaba. Su apretón de manos fue cálido y generoso. Estaba interesada en un diccionario de sinónimos para sus hijos; le recomendé el de Sainz de Robles, que ella compró enseguida. Como suele decirse, simpatizamos desde un principio.

La invité al Bambú, una cafetería de Belén. Los cafés fueron servidos con tamales, y después un vino tinto entonaron los ánimos. Entonces supe que era de Celendín -«una shillica auténtica», me dije goloso espaciando la mirada en su cabello renegrido, peinado con raya al medio y recogido atrás con una peineta de carey, su rostro de tez rosada y facciones agradables, y descendiéndola en su prominente escote-, que fue reina estudiantil del Rosa de Santa María, de donde, a los quince años, fue llevada en vilo ante el altar por un impetuoso periodista deportivo con el que tenía dos hijos -sus dedos jugueteaban con dos alianzas de oro de su anular-, y que poseía una tienda de regalos, cosméticos y perendengues en el mercado de Zárate. Cuando le hice la inevitable pregunta: «¿Qué es de tu marido?», contestó con desasosiego que el periodista deportivo se enamoró de la crónica roja y se largó con una puta.

La menuda historia personal de Susana, contada con áspero candor, era propiciatoria. No hay plan más voluble ni conquista más dócil que el de una mujer sufrida por el despecho; de modo que, expresando emoción solidaria, le tomé las manos, la atraje y la besé.

Salimos excitados, ya entrada la noche, apurando el paso por la galería de San Martín para doblar por Contumazá y meternos en el Rivadavia. Ahí descubrí que esta hembra lactescente era dueña de unas tetas saludables, rosadas, de tenues venas azules. Amarla de frente era sucumbir a su tersura y calidez. En la palpitante intimidad me confesó que le gustaba mi color trigueño y mi mirar intrépido. Sin embargo, en un segundo retozar, su frenesí fue despintándose hasta la laxitud. Cuando salimos era medianoche, había recuperado la lucidez; estaba recelosa.

Pasaron los meses y al no recibir noticias de ella fui a buscarla a su tienda, aunque no dí con el lugar. Así quedé colgado medio año, con el sinsabor de haber espantado a una hembra de revuelo; hasta la mañana de julio en que Patricia, mi secretaria, me pasó una llamada telefónica. Era Susana. Nos vimos esa noche en el hall del cine Metro. Lucía garbosa, siempre de negro, linda y fatal, y por ello mismo, evasiva. Tomamos helados, paseamos por la plaza y, a punta de un hablar rendido, besos salivados y magreos, la arrastré nuevamente al Rivadavia. El hostalito estaba lleno, pero yo no me moví del recibidor por temor a que mi blanca presa se desanimara. Y cuando el administrador me lo propuso, acepté un cuarto improvisado en la azotea, que resultó bueno. Aquellos polvos fueron más placenteros y dulces que los primeros, el discreto perfume se cuajaba con los efluvios de su cuerpo evaneciéndose, y el aire se saturaba de un olor marino. No obstante, la shillica me confesó después, con una franqueza rayana en el afecto:

-Me gustaría hacerlo con más calma y amplitud.

Comprendí que quería trizar el amor, gozar todo lo que era capaz su sana naturaleza.

-Haremos retiros soleados -le propuse.

-¿A pleno sol?

-Más o menos.

-¿No es inmoderado?

-¡Por favor! La oscuridad de la noche ya la conocemos. Por el contrario, la luz del sol estimulará la calma del sosiego y la amplitud de la constancia que buscas. ¡Al diablo la noche escrupulosa! ¡Bienvenido el día en pelotas!

Demudó el gesto, se echó a reir.

Me esperaba los sábados por la mañana en la plaza Francia, bajo la sombra del delicado portal de caoba del desusado Hospicio de Mujeres Vergonzantes y Escuela de Niñas Pobres. De ahí, un taxi nos llevaba a Cinco Esquinas, al Maryvón, una casona en el viejo barrio del Cercado, transformada en discreto hostal cuyas grandes ventanas de la segunda planta daban a la calle. El cuerpo rosado y fresco y el deseo fogoso y retozón de Susana, reflejados en toda su seducción en el espejo oval de cuerpo entero, contrastaban con la habitación amplia, limpia, pero de gobelinos desvaídos, catre de fierro negro y la calle cenicienta, solitaria. En nuestro refugio sabatino, donde la dócil y afable Susana -despojada de los aros, suelto el moño- se desplazaba desnuda con sus pechos erguidos sobre el entablado, adelantamos mucho en plenitud y tolerancia, hasta hincar mis dientes en su nuca. Sus senos imbatibles, y su heroicidad para avanzar en la cópula me llevaron a festejarla nominándola «Marianne», como la Libertad de Delacroix.

Comíamos, por todo almuerzo, sánguches y naranjas. Cuando el verano terminó dejé de verla.

Meses después, nostálgico de sus mamas espléndidas, y esta vez premunido de señales más precisas, fui a verla al mercado de Zárate. La hallé hermosa como siempre. Esa noche de reencuentro, atendiendo a mi rango de funcionario de turismo, cenamos en un chifa de Pueblo Libre. La shillica, tomándome las manos, me confió que estaba por viajar a Uchiza, pueblo selvático malafamado por el tráfico de cocaína, para vender sus cosméticos y perendengues. Con un divorcio a cuestas, ella deshojaba conmigo sus azahares. Ya lo había hecho aquella vez que, en lo mejor de nuestra relación, me invitó formalmente a su casa, y no acepté. Ahora Susana iba más lejos, tocaba a sombra. Intenté aconsejarla pero el «ir por allí cuando se tiene lindura y un negocio es insensato. No lo hagas, es un suicidio» no bastó. Su hermosura demandaba protección, comodidad, una salida formal, y yo temía comprometerme. Y mi espíritu canalla se consoló con la idea de que su alma de grilla silvestre se había apoderado de ella, y persuadirla de desistir era imposible.

En el largo medio tiempo perdí mi empleo de burócrata y pajarié en las artes gráficas sin conseguir algo suculento, hasta el 88 en que me azorré y dirigí un taller de serigrafía que resistió por cinco años los embates de la recesión, y cobijó la débil hermosura de una huamanguina allanada a mi pasión.

A fines del 92, nuevamente fui puesto en la calle. Espoleado por el recuerdo de su albura nutricia, y haciendo caso omiso del acervo criollo, aluciné que el tiempo del amor había vuelto, que Susana estaba esperándome. Fui al encuentro de mi madura ricahembra con una mezcla de esperanza y temor. La tienda estaba cerrada. Pregunté por ella a su vecina, una bodeguera gorda y recelosa quien, después de aplicarme un interrogatorio en regla, me dijo: «La buenamoza viajaba a Uchiza llevando negocio. Así estuvo como un año, yendo y viniendo. Parecía que le iba muy bien, hasta que un día no volvió más. La fondearon en el río Huallaga… eso dicen».

(1993)

De música ligera

1 Octubre 2008

Con cincuenta años y sin mejores oportunidades, Bernardo aceptó, por segunda vez, la invitación de su amigo Diosdado y fijó su taller de diseño gráfico en La Carpa, espacio cultural de la Municipalidad de Lima, situada en la margen izquierda del río Rímac, al pie del puente Santa Rosa; refugio de actores, bailarines de ballet, saltimbanquis, folkloristas y, cosa nueva, rockeros.

Como su juventud había transcurrido entre la militancia política y las clases de arte, cuyo syllabus de Introducción a la Música II terminaba en Stravinski -cosas ambas que lo llevaron a ser uno de los belicosos tontos útiles que impidieron la presentación de Carlitos Santana en el estadio de San Marcos, en 1971-; Bernardo estaba exonerado dogmática y académicamente de la estridencia y el éxtasis del rock, y se acomodaba mejor con los otros artistas.

Sin embargo, fue morosamente ganado por las oleadas de jóvenes creadores de la canción tumultuosa, venidos de los barrios interiores y fronterizos de la ciudad, y por la amistad de Piero y Franklin, que no demoraron en llamarlo «Gurú», y en persuadirlo a colaborar con el diseño de carteles, decorado del escenario y el expendio de cerveza en los conciertos del Condorock, los viernes por la noche, a cambio de entradas y trago.

El Condorock programaba dos o tres bandas por fecha. En el lapso de un año transitaron, alternando con grupos novatos, las fundacionales Leuzemia, Narcosis, pasando por Mar de Copas, la Liga del Sueño, Dolores Delirio, los Hijos del Sol de Germán González, hasta Delpueblo y Delbarrio, y el rey pastrulo Rafo Ráez que cantaba el poema El ciruelo, de Bertolt Brecht

…aunque no puede crecer
él sueña con ser mayor
pero nunca podrá serlo
teniendo tan poco sol…

Era una movida alternativa, contestataria o subterránea que movilizaba a la afición rockera limeña. Cada banda traía su mancha, o su manchón, como Los Mojarras de El Agustino, una barriada polvosa detrás del cementerio, donde se había forjado esta agrupación musical, de lejos la más aplaudida de Lima.

Para programar a Los Mojarras en el Condorock, Franklin, quien en mejores tiempos había traído a Lima a Los Fabulosos Cadillacs, les hizo una oferta que «Cachuca», líder y vocalista del grupo, no pudo rechazar: la mitad de la taquilla, más la carátula de su mítica revista Esquina, pronta a salir.

A cambio, Los Mojarras ofrecieron una racha de atronadoras canciones que iban desde Sarita Colonia, hasta las nuevas Luna Llena, Amor amar y la famosísima Triciclo Perú

Triciclo con zapatos
un vaso de chicha
un buen reloj
camisas, chucherías
tiradas en las calles
y en montón
persiguen la primera venta
las calles están repletas
impulsan el triciclo ambulante
llamado Perú…

apuntalando su buen manejo musical con un show escénico donde se destacaba la poderosa personalidad de «Cachuca», hicieron cantar y vibrar a sus fanáticos.

La Carpa era un circo de lona amarillo oro con dos cúpulas, dentro de las que se descocaba un mundo flotante de jóvenes ebrios y drogados. Los rockeros sentados en la galería imitaban el compás agitando las iracundas cabezas, los de la pista pogueaban sin freno apelotonados ante el proscenio, saltando, girando, bandeándose, dándose de cabezazos, empellones y patadas, gritando, tasajeados por el iris de la luz giratoria. Mirla, una de las que más chillaba, empujaba, pateaba, se bandeaba, saltaba y giraba, excitaba a Bernardo.

Con el clamor de la fama, el concierto ha terminado. En el pequeño jardín de la entrada, sentados en una banca, el «Gurú» y Piero toman cerveza conversando pausadamente. Dentro de La Carpa, sus amigos Álex, Willy y Rolly, acompañados de Mirla y sus amigas metaleras, hacen lo propio. En la Dirección, un Franklin codicioso cuadra la taquilla, acosado por «Cachuca» y su banda.

Mirla, pequeña y vivaz como la pájara del mismo nombre, es también ronca y chillona como ésta, viste de negro y calza botines como todas las de su clan. Bernardo la descubrió entre los muchos fanáticos que se movían anhelantes ante la gran reja de entrada, minutos antes del concierto, y la jaló. La primera novedad que Mirla trajo fue que no estaba sola, sino que eran cinco; la segunda, que la pegaba de brashica; la última, que había estado buscando al «Gurú», sin conocerlo. Y no dejaría de buscarlo en toda la noche. Como ahora que ella sale de la carpa y los invita a pasar. Pero como ese movimiento no estaba barajado en su táctica de levante, Bernardo se abstiene y Piero contesta por él:

-Aquí estamos bien, continúen ustedes.

Mirla se va, apocada. Mas, tras un rato sale nuevamente, con dirección al baño, y al pasar roza con la cadera a Bernardo. Piero va por más cerveza. Como el baño está cerrado -con una pareja dentro- ella patea la puerta, requinta, retorna, y al ver solo al «Gurú», ingresa en el jardín, se baja los jeanes y se sienta a orinar a dos metros de él.

El chorro expande su tibia humorada sobre la hierba y un aire sibilante y perfumado de resinas acres, alerta las orejas, dilata las narices y eriza la piel de Bernardo, que se incorpora acercándose a Mirla. Ella eleva la mirada desafiante, se levanta, le acaricia el bulto y le inquiere con lascivia «¿Es todo mío, Gurú?». «Completamente», responde un Bernardo a punto de ser rebosado. Mirla salta a su cuello y se trepa a su cintura ciñéndolo con las piernas como a un tallo fuerte y querido, lo besa hondonadamente y se deja llevar al rincón, tras el biombo, donde lo desbragueta, olfatea, besa y mama el falo con avidez y ternura, se pone en cuadrúpeda incitándolo con su ondulante culito y su suplicante «jódeme, Gurú». Y Bernardo la toma de las caderas y la penetra con violencia, profundamente, en ese retazo de tierra sin techo y sin luna, donde ocasionalmente se han recogido para gozar y gemir de igual a igual, como dos amantes pobres.

Cuando Mirla y Bernardo salieron del rincón, La Carpa estaba a oscuras y cerrada; caminaron hacia los talleres del fondo llamando y por toda respuesta escucharon el rumor del río, el frío que sentían se intensificó, volvieron, treparon la puerta enrejada y, una vez fuera, emprendieron una alocada carrera por la avenida Tacna. Iban tomados de la mano y a Mirla le dio por bromear con los peatones, los emolienteros, los pirañitas. En la esquina con Emancipación toparon con un joven policía:

-Contigo quiero cachar -chilló la pájara, desafiándolo con un gesto obsceno-. Contigo, sí. Para desvirgarte.

El sorprendido tombo dibujó una sonrisa helada; ellos siguieron corriendo hasta la avenida La Colmena -que en realidad es un panal de putas- subieron hacia la plaza San Martín, pero a medio camino se metieron a un restaurante que ofrecía caldo de gallina. En Lima esta sopa se sirve en un tazón de caldo con tallarines, papas y dos huevos duros, acompañado por un plato con la gallina trozada. Bernardo tomó el tenedor, pinchó uno a uno los huevos y los pasó al plato de Mirla, anticipando:

-Ahí tienes mis huevos. La presa te la sirvo en la cama.

Mirla lo tomó como un cumplido. La metalera comía y hablaba sin pausa. Al terminar ella, él pidió Canada Dry, y le pasó los Marlboro. La brashica se puso a fumar golpeando profunda y lentamente, con ese aire melancólico de los fumadores. Y entre pitada y pitada se la agarró con Río de Janeiro: «Los cariocas son unos cabrones hijos de Macunaíma y la perra puta de su madre, que por unos cuantos cruceiros rifan a su mejor amiga…». Inusitadamante, se subió sobre la mesa y arrancó con un viejo rock de Roberto Carlos:

Onde quer que eu ande tudo é taõ triste
ão me interessa o que de mais existe.
uero que vocé me aqueça neste inverno
que tudo mais vá pro inferno.

Cantaba gesticulando y contoneándose armoniosamente, y el nisei tras la barra estaba tan embobado como Bernardo, pues una cosa es que una metalera subida a una mesa improvise un anto, y otra muy distinta que tenga una voz áspera, desgarrada, emocionada.

La brashica terminó llorando, se puso al lado de Bernardo y le confió: «Me hicieron mierda, sabes, me hicieron mierda, ¡mierda!», mirándole a los ojos esperanzada y atenta, y como él no era bueno para los lamentos, ella se compuso, le besó el cuello, le acarició el bulto y volvió a preguntar: «¿Es todo mío, Gurú?», «Completamente». y él contestó de nuevo Entonces ella se puso de pie, fue al baño, y desde la puerta lo llamó, él no se movió. Finalmente entraron al baño, pero cada quien al suyo.

Disipados los humores de las cervezas, salieron abrazados, bajaron por La Colmena. Ambos iban singularmente contentos, singularmente excitados, parando a trechos para besarse; doblaron por el pasaje Inclán, ingresaron en el hotel El Faraón.

Una vez instalados, Bernardo prendió todas las luces, encendió la estufa, echó al piso el edredón, colocó las almohadas contra la pared, se desnudó y se sentó recostado en las almohadas, observando a Mirla, que, parada en el centro de la habitación, parecía encantada. La pájara empezó a quitarse su atuendo vagabundo; a la luz plena, el despojo de las ropas oscuras y holgadas descubría un cuerpo atezado, grácil pero firme. «Un talle de jineta para mi celo de caballo», dijo Bernardo. La pequeña se sintió presa de una excitación ansiosa y feroz, avanzó hacia él. Él se resbaló al centro de la cama y consintió que Mirla le picotease con besos y lamidos el racimo a su antojo, pues ya conocía la delicia de su fellatio natural y aperitivo. El cuarto se pobló de los suspiros de él. Cuando lo tuvo pletórico y lúbrico, Bernardo levantó la cabeza, sosteniéndola con las manos en la nuca y vio y sintió como Mirla se encajaba el miembro lenta, suavemente, acaballándose sobre su pubis y sus ingles y con las manitas apoyadas en el vientre de él, se ceñía con fuerza, consiguiendo una penetración total y una tensión muscular que hacía más intenso el placer, la delicia que Bernardo le procuraba palpando con su glande los puntos de su alfabeto íntimo. Empezaron los contoneos y el cuarto se embriagó con los gemidos y los olores de ambos. Así estuvieron unos minutos, en trote acompasado, hasta llegar, con una arremetida impetuosa, al galope desenfrenado, sudoroso y jadeante que derrumbó a Mirla con un largo gemido sobre el pecho de Bernardo, a la vez que éste profería un estrepitoso «¡Oooh carajo!».

A caballo culminó aquel encuentro delirante. En la madrugada, al despedirse, Bernardo, ganador, apelando a la apetencia de Mirla, le propuso volverla a ver. Ella enfatizó: «Cuando los Mojarras vuelvan al Condorock». Y es que si bien el signo de Mirla era jugar -y vaya si lo jugaba todo-, no se jugaba jamás el corazón.

(1995)

Cabellera del éxtasis

1 Octubre 2008

Olga no era la muchacha acostumbrada a tomar el té con mamá, tampoco la chica de barrio de cita callejera. A sus 16 años, Olga era una señorita y sabía ubicarse dignamente en su lugar. Habituada a valerse por sí misma, atendía en el mostrador de una de las cien tiendas que American Dry Cleaners tenía en Lima; aquella que quedaba en la 9 de Carabaya, a dos cuadras de mi colegio, el Lima San Carlos. A mis 18 años, yo todavía no terminaba la secundaria y claro, no era el galancito que los domingos por la tarde la recogiera en su casa para llevarla a la matiné. El padre-presa que ella tenía -un taxista suelto en plaza que había jurado pasarme por encima su viejo Buick verde petróleo de dos toneladas- me lo impedía.

Superando la contrariedad, nos veíamos los domingos en el Parisi, donde tomábamos milk-shake estudiando la cartelera. Continuábamos a un cine de estreno, el barrio no importaba, podía ser incluso el umbroso El Porvenir, pero tenía que ser de estreno. El buen cine del 62 lo vi acompañado de Olga.

Ufano, porque mi chica, trigueña y agraciada, tenía una cabellera negra, ondulada y sedosa, que exhalaba un aroma a miel de caña que me deslizaba como por un tobogán a las risueñas plantaciones de nuestra niñez. Y un tanto receloso por su vestir de señorita: blusa ligera, falda campanuda, zapatos de tacones altos y cartera; una cartera de cuero guinda, que contenía ella sola, además de su parafernalia detocador, bizcotelas, chocolates y caramelos. En ésto sí ella era una niña.

Estábamos rodeados por los hitos ambientales y sentimentales de la infancia provinciana, y ésto me infundía una confianza irreverente. Y la irreverente confianza tenía nombre propio: Marina, hembra de la calle El Tigre, vaya si era una fiera; mestiza, ojos chinos, labios carnosos y un cuerpazo de mujer; era joven, coqueta, trabajaba en Sears -donde la conocí la vez que Angélica me compró un terno de lana gris-, y alquilaba un departamento para ella sola. Una salida con Marina me costaba la propina de un mes, pero valía la pena porque el baile en el Majestic o el chapuzón en Ancón culminaban en unos polvos cojonudos que me henchían de vanidad y me libraban de México, el laberíntico y sórdido burdel de La Victoria.

Tocaron el timbre del departamento. Mi madre, Donatila, abrió y desde mi dormitorio reconocí la voz de Olga. Mamá la atendió en la puerta; lo hacía con cautela, pues era la primera vez que se veían. Cuando Olga se fue, mamá se me acercó.

-Una muchacha vino a visitarte, le dije que estabas enfermo, te dejó saludos. Dijo que se llamaba Olga- me comunicó mientras me acercaba la frente para que la besase, y yo fingía despertarme. Observé que mi madre no dijo señorita o amiga, y no me preguntó quién era Olga.

Por su parte, la vehemente Olguita no dio marcha atrás, esperó en el rellano de la escalera. Cuando fueron las nueve en punto, mamá me sirvió el desayuno, hizo unas recomendaciones, tomó su bolsón de junco y salió, bajó por el ascensor y se fue al mercado. Yo ya esperaba a Olga en la sala cuando ella entró vivaz y tierna, nerviosa por el fiasco con mamá y escandalizada por mi enfermedad. «En realidad se trata de una gripe -le dije- y ya estoy bien». Plenamente aliviada, tras largos besos mojados en el sofá, pasamos a mi cuarto.

Tenía los cabellos de bestezuela desplegados sobre la almohada, la mirada brillante y triste, los labios encrespados, la piel morena cálida y lisa, los pechitos de aureolas y pezones pardos despertaban la iniciación -hundí levamente la yema de mis dedos en ellos-, la enagua levantada hasta el calzón de encajes que traslucía su vello íntimo; una conmoción fragante emergía de ahí. Olga era un cuerpo expectante.

Tiraba de su trusa, cuando sus sollozos me hicieron levantar la vista; Olga lloraba con tierna exaltación, hecha una pobrecilla. Mi experiencia cachonda se agolpó en mi memoria como una imputación, sentí piedad. Los sollozos echaron a perder la arrechura de mi pichón.

Extremando mi engorro por no haber llegado a mayores, la evité durante unos meses. Más cuando llegó diciembre, fui a verla a Carmen de la Legua, su empedrado barrio de junto al río. Era de noche, me puse en un lugar discreto, a distancia prudente de su casa y silbé convenidamente. Apareció Olga y su tremendo pelo de la mano de un atorrante, lo cual me dió muy mala espina. Cuando llegaron, interrumpiéndome el saludo, habló él:

-Yo sé bien quién eres tú, Olga me lo ha contado todo, pero eso se acabó, ella es mía, tú ya no cuentas. ¿Entiendes?

Se figuraba el petulante que sus palabras bastaban. Yo estaba armado de manopla y cadena -un miembro de la pandilla de Chlebowski jamás andaba desarmado-, pero no necesitaba recurrir a ellas para barrer el suelo con el mequetrefe, lo descontaba. Sin embargo, sabía que pisaba terreno enemigo y que en cualquier momento de la medialumbre callejera surgiría la canalla. Esto último y la actitud cómplice de ella me impidieron atacarlo por sorpresa. Dejé de mirarlo como al adefesio que era y apunté la vista a la turbada Olga.

Ella, presentada así, era patética. Su impaciente juventud había cedido. Era un hecho que él la tenía. Le pertenecían su intimidad, sus sentidos. Me sentí despreciado. No obstante, un punto de honor me indujo a preguntarme: ¿tenía él su corazón? ¿Conocía él sus latidos tan bien como yo? Aposté a su corazón:

-He venido porque acordamos viajar a Trujillo para pasar juntos la Navidad -le dije con el ápice de ternura que me quedaba-. Bueno, ya empezó diciembre y me pareció oportuno recordártelo. No contaba con que tú…

Olga empezó a llorar como una desventurada, un llanto culposo con ayes y restregándose los ojos y la cara con las manos. En eso también era una niña. Y el pobre diablo estaba demudado por la ironía. Yo, el primer chasqueado, aproveché de la comedia para largarme. Mientras caminaba odiaba los resabios poblanos de Olga -que también eran los míos-; mas esperando en el paradero gocé un resarcimiento burlón. Ya venía mi autobús, cuando una andanada de piedras cayó muy cerca de mí. No estaba equivocado respecto de la canalla; me salvé trepándome al vuelo.

Ahora, que vivo rodeado de mis pasiones pretéritas, tengo sentimientos encontrados en mi relación con Olga, a quien no he visto más ni he sabido de ella. No obstante, de aquel desencuentro adolescente no ha brotado rencor. Aquello fue el doble juego de una muchacha temprana y un enamorador novato que una mañana candorosa perdió, en la ciudad del río hablador, una virgen con la cabellera del éxtasis.

(2005)