Leticia

8 enero 2010

Bajo el sol matinal, uniformados con los colores nacionales -chompa roja, pantalones blancos-, ordenados en filas marciales en la plaza principal, frente a la casa del hacendado y ante la altísima bandera, los 300 escolares escuchamos declamar al profesor:     ¡Leticia, patria chica, lejana y próxima, mutilada y humillada…! Después toca la banda de músicos y desfilamos cantando esa marcha bonita

De Lima a Leticia
de un salto llegué,
de un salto llegué.
Tan sólo por verte
la punta del pie,
la punta del pie…

Entonces es cosa de crecer pronto e ir a rescatar Leticia. Para esto debemos ser fuertes y atléticos como el campeón de boxeo Antonio Frontado y los futbolistas de los Diablos Rojos, y aprender los rudos oficios de la guerra como el marinero Juvenal y el artillero Casana. Luego iremos en tren, pero el tren sólo llega a Trujillo. O en góndola, pero ninguna carretera llega a Leticia. O en barco, pero el barco va por el mar, y Leticia queda en la Amazonia. O en avión, pero ¿Leticia tiene aeropuerto…?

Lo malo es que nadie -ni siquiera el profesor- conoce Leticia. Chico Calvo, el brigadier, que es de Iquitos, tampoco la conoce, pero sabe su historia.

«Detrás de aquellas montañas azules está la selva verde, Moyobamba, donde nace el río Marañón -dijo Chico Calvo, señalando el este con el índice-. Si ustedes lo navegan corriente abajo durante un mes, verán que se une con el Ucayali formando el gran río Amazonas. Eso ya es dominio del departamento de Loreto».

«Leticia pertenece desde siempre a Loreto. Y se encuentra en el confín noreste de la patria, a orillas del Amazonas, en región de los Huitoto y los Ticuna, el otorongo y el bufeo colorado, el caucho, el palo de rosa y la victoria regia. Son nada menos que 120 mil kilómetros cuadrados de territorio selvoso, ignorado y olvidado, y finalmente cedido a Colombia por el dictador Leguía en 1922».

«Bueno, eso ya lo saben, es historia conocida. Pero lo que no saben es que la recuperación de Leticia fue una escaramuza llevada a cabo diez años después por unos trasnochados caucheros de Loreto heridos en su codicia por la cesión vil de nuestro suelo».

«Los tales colonos, que sumaban veintiocho, después de despacharse todito el tapir y tomarse todito el aguardiente que había en el tambo El mono aullador, del barrio de Belén, se hicieron la pregunta terminante: Y ahora ¿qué tomamos? Y como no podía ser de otra manera, abordaron sus canoas y de Iquitos partieron Amazonas abajo, a tomar Leticia. Iban armados de escopetas de caza y revólveres, y envalentonados con el cañazo y la fama que teníamos de peruanos vencedores de colombianos en el combate de la Pedrera, en 1911».

«Después de bogar seis días por la potente serenidad del Amazonas, cayeron prisioneros de los terribles Bora -hermanos de los Huitoto- cuando los Bora celebraban en Pebas la gran fiesta del Pijuayo, en agradecimiento a esta palmera que les da palmito y aceite. Los Bora, que eran cazadores de cabezas y bebedores de sangre, odiaban a los caucheros esclavistas. Después de dos días de ayuno, los interrogaron en idioma nativo con la intención de ajusticiarlos por sus crímenes, pero enterados de la misión de los malandrines, dejaron atrás rivalidades».

«Invitados por el curaca pucunero, todos cosecharon el huayo y mitayaron. Y en la aldea, un claro de bosque rodeado de malocas con techos de palma, comieron sopa de motelo, zúngaro, lechón de sajino asado, yuca, cogollos de chonta y maní tierno, bebieron masato y chicha de pijuayo; y al ritmo de tambores y flautas, cantaron y danzaron tomados de las manos con muchachas tahuamperas de inocente desnudez, erados de dioses-animales y los cuerpos pintados con achiote».

«Al culminar la semana de las celebraciones, para no ser menos, veintiocho hombres del clan Venado, con los dos hijos del curaca a la cabeza, pasaron a duplicar las filas de la expedición. Los dos hermanos cargaban sobre los hombros el manguaré: gran tambor doble hecho de troncos huecos, sobre el cual se paraba una garza blanca. Los Bora-Venado aportaban además  canoas, escopetas de retrocarga con provisión de balas, arcos y flechas, larguísimas pucunas (cerbatanas) con virotes o dardos envenenados con curare. Como el río, el ánimo de la cáfila se ensanchó».

«Navegaban en la noche y descansaban en el día. Este ejército invisible sólo se anunciaba en el tañido lejano de las maderas, en el golpeteo rítmico de los mazos de caoba sobre el manguaré que resonaba veinte kilómetros a la redonda. El Amazonas y el bosque alimentaban: sábalo, paiche, dorado, huangana, paujil, motelo…»

«Sucedieron Chambira, Caballococha, y transcurrieron cinco días más entre la corriente y la espesura para que a los loretanos, nativos y colonos, se sumasen indígenas mitayeros y fisgas (pescadores), y llegaran a ser noventa hombres, suficientes para medirse con el enemigo».

«Una bandada de sakuyas ribereñas lanzó su canto quejumbroso en la noche calurosa y húmeda de Leticia, aterrando al batallón de extranjeros, quienes al primer escopetazo ¡Muera Colombia, viva el Perú! de los nacionales partieron con viada agarrándose el cogote por miedo a ser decapitados en plena carrera; abandonaron el pueblo, dejando armas y pertrechos, y no pararon hasta salir del mapa».

«La soberanía volvió a la tierra de los Huitoto y los Ticuna.  La boa Yacu Mama, madre del agua, que secretamente acompañaba a los patriotas, se alzó de su hondo río y se convirtió en relámpago. La garza blanca, mensajera de los dioses, visitó montes y llanos con la nueva del rescate de Leticia. Los charapas nos prestigiamos una barbaridad».

«Y en esas estábamos los loretanos, cuando el nuevo dictador, general Benavides -otrora vencedor de los invasores en el combate de La Pedrera- , al enterarse de la toma se escandalizó, y su orden ¡Fuera, intrusos! fue un grito estridente pero rasante -pues como bien dice el maestro Luis Hernán la voz de un dictador es reptante, no alcanza altura- que partió de Lima, se arrastró por los Andes y la selva, llegó a Leticia y expulsó de allí a mis victoriosos paisanos, entregándose nuevamente a Colombia nuestro confín patrio».

La guerra de Leticia ya se ha dado dos veces. Leticia es un lugar irredento, de aventura, de conquista; sus mayores enemigos son nuestros propios dictadores. Ahora que gobierna el general Odría, ir a rescatarla sería una temeridad.

Ay, qué bonitas son
las muchachas de Leticia.
Ay, qué bonitas son
las chicas en su balcón.
Porón pon pon.
Porón pon pon.

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