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A los malhadados de la verdad, a quienes la vida en sociedad les resulta una degradante metamorfosis; a los seducidos por las llamadas desde las azoteas, los puentes, los acantilados; a los perseguidos por la miseria y la jauría, por el fenobarbital, el electroshock, la camisa de fuerza. En fin, a aquellos pobres diablos cuya disociación del yo esencial hace crisis y da miedo, nos llega la noticia alucinante y esperanzadora de la ayuda médica: el renacimiento, la humanización del antiguo manicomio Víctor Larco Herrera, llevado a cabo por un grupo de jóvenes especialistas.

Internado en el corazón viejo y tristón de la Magdalena del Mar, apartado por un muro del barullo mundanal, de la tiranía mecanicista, racionalista y neoliberal, el nuevo manicomio nos tiene asegurados la medicina y también los ejercicios, y ganados el pan, el ocio y el sueño justo (que va a revelarnos claves para mejorar lo que nos dañó en la vigilia).

Allí iremos de buena gana. Habrá un pabellón vacante de luna muy hermosa y blanco amanecer para los cansados de pensar sin rumbo. La vida recobrará su sentido, no habrá soledad, no tendremos miedo; entre pacientes de cuidado aspecto y aire extravagante, protegidos por enfermeras musas que han desaforado a los feroces barchilones de antaño, pasearemos por los jardines como un clan poderoso; y animados por los amigos duendes de Martín Adán, Pedro Gori e Iván Ojos negritos Suárez, podremos por fin asaltar el cielo.

Revitalizaremos nuestras almas, no habrá desesperación, ni cargos de conciencia. Nos sobrará optimismo y, a filo de paciencia, asumiremos consecuentemente el postergado reto de ser lectores-escritores-conspiradores a exclusividad; filtraremos cuentos en clave y emblemáticos poemas entre las visitas. Y una tarde, extraordinariamente felices, volaremos sobre el pino al nido del cuco, en el obstinado aire de la infancia.

(2000)

A veces entra en el bosque un silbido veloz
que recorre fugaz la penumbra y la luz,
y los árboles fríos del bosque soy yo.

Todas las copas se postran a fin de existir;
de no hacerlo, deshechas habrían de morir,
y ese viento que trae la muerte eres tú.

Eres la llama que abraza la flor
y la violencia del fiero huracán,
la sombra oscura que sigue mi amor.
¿Por qué, por qué tú sigues, di,
matando este amor que hoy dejas?