Jopo
27 Octubre 2008
«Higinio, por fin te encontramos. ¡Despierta! …Mira nomás cómo te han golpeado. ¿Qué quiénes somos? Pues Dominga y yo, un cazador nocturno. Sí, el mismo a quien corriste ayer, cuando me atravesé en tu camino. El moro en que montabas entendió mi amistosa intención de hablarte, pues al verme salir del maizal se detuvo amablemente, pero cuando desenfundaste el revólver dio un relincho encabritándose y, después que erraste el primer disparo, haciéndose el asustadizo apuró la carrera, librándome de tu andanada de balas».
«Claro que eso de querer matarme no es cosa personal sino abominación, pues entre crédulos nosotros somos mala señal. Pero mira tú cómo son las cosas; salvadas las apariencias, tú no eres distinto de mí. Y si me hubieras escuchado, habrías evitado la golpiza, enterándote de que Porfirio Sánchez te buscaba para finiquitarte, pues había sorprendido a la pequeña Liduvina -la niña de sus ojos- hablando en oro de tu guapeza. Dices que no tienes nada que ver, te creo. Sin embargo, las esforzadas patrañas de nuestros detractores campean sobre nuestro prestigio. Y para colmo, tenemos infundada fama de polígamos y poliandras».
«Pero esconde la pena debajo del sombrero, que de malicia está colmado el pícaro mundo. Mira bien qué terreno pisas, qué mujer festejas, cuando vas por Tulpo, Mollepata, Pullally… tirando prosa con tu juventud, tu bigote Avelino, tu caballo prestado y tu revólver fallón, dando lustre a tu cargo de caporal de la hacienda Tulpo. Sordo a los ruegos de la prieta. Si no lo sabes, el amor entre nosotros es como la cucaña, donde el premio se consigue con gran habilidad y esfuerzo, no llegando a la cima de la cucaña, sino asentándose allí con una pasión de por vida. Vayas donde vayas, siempre volverás al cubil como baqueano».
«Ve, Higinio, con Dominga y las niñas. Retocen de celo o duerman profundamente en el día bajo los árboles de anchurosa copa. Abran ojos, oídos y narices a la noche, sigan la vena húmeda que brota de la peña de Quiruvilca y baja saltando a formar el río y a vivificar la tierra con su aliento de agua. Orillen el Alto Chicama. Pesquen, cacen en la foresta, hasta donde el agitado descenso mengua, la corriente se torna creciente barrosa, que ondea y corre, y sus cantos se colman de meandros arcillosos. Allí, entre el mar y esa inmensa llanura costera que hace tres mil años fue un calabazar y ahora es un cañaveral, establézcanse. Huyan ahora mismo de este sitio pesado».
«Desde luego que me gustaría acompañarlos por aquellas frescas riberas de sauces y carrizos, a seguir el rumbo de los antepasados, ahora que las lluvias han empezado y el Chicama es nuevamente un río de avenida que reclama víctimas. No es por temor, sino porque los machuchos como yo, por instinto comarcal, no abandonan el territorio acostumbrado. En cambio ustedes, jóvenes ubicuos, ases del nadar libre, el rastro invisible y curtidos de vértigos abismales, que no se amilanan pelándose de frío en esta loma de Mollepata, tampoco se arredrarán chamuscándose por el sol del Chicama. Perdonen la arrogancia, pero somos capaces de sobrevivir en cualquier ambiente».
«Por donde trajinen, la fuerza del instinto será su salvaguarda, y la vocación por el vagabundaje -que espanta a los poderosos-, su auténtica libertad. El pueblo, los desiertos, las lomas, los bosques, los cañaverales, los ríos, el mar costero, son sus elementos; como lo son aquí en la sierra los hombres comunes, las quebradas, los maizales, las punas, las serenas lagunas, las cuevas de los cerros. Bajar al Chicama será retornar al valle ancestral tras un exilio de 500 años, impuesto por Túpac Yupanqui a los chimús tras tomar la hasta entonces inexpugnable Chan Chán. Debemos saber volver a casa».
«Somos una familia que ha sobrevivido a los varapalos del tiempo. Una estirpe que en época de los gentiles, por decir una malhadada verdad, Cuniraya Viracocha condenó a ser odiada por los hombres y caminar en la noche. Pero ¿cómo pudo un dios foráneo castigar sin contemplación a los hijos de Ai Apaec, dios mayor del panteón Moche? Éste, con justeza, nos dispuso como centinelas de su toldo divino… ¡Arriba de la testa sacra! El Hacedor nos facultó de entendimiento y fácil adaptación, ennobleciéndonos de espíritu y buenas maneras. Más, vencida la divinidad, tomado el reino, relevada la honorable guardia, fuimos arrojados a vagar como salvajes y difamados por los celadores de la moral. Mas no pudieron despojarnos de ánimos».
«Callada la memoria familiar, vamos a la caza de un tiempo nuevo. Contamos con la savia de esta tierra. Nos hace falta, sin embargo, la humana fuerza. Así, te pido que te propagues, y no te confundas ni permitas que nos confundan. Nosotros somos, según las naciones, rojos, grises, blancos o plateados, pero no existe el color de la fatalidad en la familia; esa es invención del jilguero. Yo, como ves, soy un zorro gris vecino de Tulpo, amigo del cóndor, que, oteando el rastro de la sangre, he llegado a esta zona de niebla para avisarte».
Está muy bien escrito el artículo, me resulta familiar el lenguaje, el panorama y el paisaje en general, sin embargo, no puedo darle un contexo preciso, si pudiera darme el derrotero, lo agradeceré.
Un abrazo Jorge