Shillica

1 Octubre 2008

A Susana Cabanillas la conocí en la plaza Francia, una tarde de mayo de 1984 en que observábamos las grandes vitrinas de la librería Studium. Su atuendo negro, su silueta bondadosa atrajeron mi atención. Blanca, carnosa, de estatura y edad medianas. Al saberse observada, la ricahembra usó, con hábil simulación, la treta de arreglarse un arete para mirar de soslayo a quien la contemplaba. Su apretón de manos fue cálido y generoso. Estaba interesada en un diccionario de sinónimos para sus hijos; le recomendé el de Sainz de Robles, que ella compró enseguida. Como suele decirse, simpatizamos desde un principio.

La invité al Bambú, una cafetería de Belén. Los cafés fueron servidos con tamales, y después un vino tinto entonaron los ánimos. Entonces supe que era de Celendín -«una shillica auténtica», me dije goloso espaciando la mirada en su cabello renegrido, peinado con raya al medio y recogido atrás con una peineta de carey, su rostro de tez rosada y facciones agradables, y descendiéndola en su prominente escote-, que fue reina estudiantil del Rosa de Santa María, de donde, a los quince años, fue llevada en vilo ante el altar por un impetuoso periodista deportivo con el que tenía dos hijos -sus dedos jugueteaban con dos alianzas de oro de su anular-, y que poseía una tienda de regalos, cosméticos y perendengues en el mercado de Zárate. Cuando le hice la inevitable pregunta: «¿Qué es de tu marido?», contestó con desasosiego que el periodista deportivo se enamoró de la crónica roja y se largó con una puta.

La menuda historia personal de Susana, contada con áspero candor, era propiciatoria. No hay plan más voluble ni conquista más dócil que el de una mujer sufrida por el despecho; de modo que, expresando emoción solidaria, le tomé las manos, la atraje y la besé.

Salimos excitados, ya entrada la noche, apurando el paso por la galería de San Martín para doblar por Contumazá y meternos en el Rivadavia. Ahí descubrí que esta hembra lactescente era dueña de unas tetas saludables, rosadas, de tenues venas azules. Amarla de frente era sucumbir a su tersura y calidez. En la palpitante intimidad me confesó que le gustaba mi color trigueño y mi mirar intrépido. Sin embargo, en un segundo retozar, su frenesí fue despintándose hasta la laxitud. Cuando salimos era medianoche, había recuperado la lucidez; estaba recelosa.

Pasaron los meses y al no recibir noticias de ella fui a buscarla a su tienda, aunque no dí con el lugar. Así quedé colgado medio año, con el sinsabor de haber espantado a una hembra de revuelo; hasta la mañana de julio en que Patricia, mi secretaria, me pasó una llamada telefónica. Era Susana. Nos vimos esa noche en el hall del cine Metro. Lucía garbosa, siempre de negro, linda y fatal, y por ello mismo, evasiva. Tomamos helados, paseamos por la plaza y, a punta de un hablar rendido, besos salivados y magreos, la arrastré nuevamente al Rivadavia. El hostalito estaba lleno, pero yo no me moví del recibidor por temor a que mi blanca presa se desanimara. Y cuando el administrador me lo propuso, acepté un cuarto improvisado en la azotea, que resultó bueno. Aquellos polvos fueron más placenteros y dulces que los primeros, el discreto perfume se cuajaba con los efluvios de su cuerpo evaneciéndose, y el aire se saturaba de un olor marino. No obstante, la shillica me confesó después, con una franqueza rayana en el afecto:

-Me gustaría hacerlo con más calma y amplitud.

Comprendí que quería trizar el amor, gozar todo lo que era capaz su sana naturaleza.

-Haremos retiros soleados -le propuse.

-¿A pleno sol?

-Más o menos.

-¿No es inmoderado?

-¡Por favor! La oscuridad de la noche ya la conocemos. Por el contrario, la luz del sol estimulará la calma del sosiego y la amplitud de la constancia que buscas. ¡Al diablo la noche escrupulosa! ¡Bienvenido el día en pelotas!

Demudó el gesto, se echó a reir.

Me esperaba los sábados por la mañana en la plaza Francia, bajo la sombra del delicado portal de caoba del desusado Hospicio de Mujeres Vergonzantes y Escuela de Niñas Pobres. De ahí, un taxi nos llevaba a Cinco Esquinas, al Maryvón, una casona en el viejo barrio del Cercado, transformada en discreto hostal cuyas grandes ventanas de la segunda planta daban a la calle. El cuerpo rosado y fresco y el deseo fogoso y retozón de Susana, reflejados en toda su seducción en el espejo oval de cuerpo entero, contrastaban con la habitación amplia, limpia, pero de gobelinos desvaídos, catre de fierro negro y la calle cenicienta, solitaria. En nuestro refugio sabatino, donde la dócil y afable Susana -despojada de los aros, suelto el moño- se desplazaba desnuda con sus pechos erguidos sobre el entablado, adelantamos mucho en plenitud y tolerancia, hasta hincar mis dientes en su nuca. Sus senos imbatibles, y su heroicidad para avanzar en la cópula me llevaron a festejarla nominándola «Marianne», como la Libertad de Delacroix.

Comíamos, por todo almuerzo, sánguches y naranjas. Cuando el verano terminó dejé de verla.

Meses después, nostálgico de sus mamas espléndidas, y esta vez premunido de señales más precisas, fui a verla al mercado de Zárate. La hallé hermosa como siempre. Esa noche de reencuentro, atendiendo a mi rango de funcionario de turismo, cenamos en un chifa de Pueblo Libre. La shillica, tomándome las manos, me confió que estaba por viajar a Uchiza, pueblo selvático malafamado por el tráfico de cocaína, para vender sus cosméticos y perendengues. Con un divorcio a cuestas, ella deshojaba conmigo sus azahares. Ya lo había hecho aquella vez que, en lo mejor de nuestra relación, me invitó formalmente a su casa, y no acepté. Ahora Susana iba más lejos, tocaba a sombra. Intenté aconsejarla pero el «ir por allí cuando se tiene lindura y un negocio es insensato. No lo hagas, es un suicidio» no bastó. Su hermosura demandaba protección, comodidad, una salida formal, y yo temía comprometerme. Y mi espíritu canalla se consoló con la idea de que su alma de grilla silvestre se había apoderado de ella, y persuadirla de desistir era imposible.

En el largo medio tiempo perdí mi empleo de burócrata y pajarié en las artes gráficas sin conseguir algo suculento, hasta el 88 en que me azorré y dirigí un taller de serigrafía que resistió por cinco años los embates de la recesión, y cobijó la débil hermosura de una huamanguina allanada a mi pasión.

A fines del 92, nuevamente fui puesto en la calle. Espoleado por el recuerdo de su albura nutricia, y haciendo caso omiso del acervo criollo, aluciné que el tiempo del amor había vuelto, que Susana estaba esperándome. Fui al encuentro de mi madura ricahembra con una mezcla de esperanza y temor. La tienda estaba cerrada. Pregunté por ella a su vecina, una bodeguera gorda y recelosa quien, después de aplicarme un interrogatorio en regla, me dijo: «La buenamoza viajaba a Uchiza llevando negocio. Así estuvo como un año, yendo y viniendo. Parecía que le iba muy bien, hasta que un día no volvió más. La fondearon en el río Huallaga… eso dicen».

(1993)

Una respuesta para “Shillica”

  1. julio escribió

    te mando un video de unos tios jugando cachito en un bar de surquillo. estan en http://buselefante.blogspot.com/
    no tiene nada que ver con tu relato, pero te puede servir.

    saludos, disfruté el relato.

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