Los pies de María
1 Octubre 2008
-¡Bernardo!- clamó la profesora Mercedes.
Me puse de pie a un lado de la carpeta, como si hubiera escuchado «¡Firmes!».
-De modo que esta vez usted se ha pasado el recreo afirmando, ante los tontos de siempre, que la luna tiene mares, desiertos y cráteres de volcanes apagados en los cuales es probable que exista la vida- me amonestó con tono irónico, creando expectación en el quinto año de primaria.
-¿De dónde ha sacado usted estas extravagancias? -continuó.
-Lo comentó mi hermano Wilfredo, hoy durante el almuerzo- alcancé a responderle.
-¿Wilfredo?
-Sí, señorita, él nos dijo que lo había leído en la revista Selecciones.
La profesora puso gesto de sorpresa, pero se recobró en seguida, dio por terminada la indagación y sentenció:
-Como escarmiento, desde ahora se sentará con Celina.
Todos mis compañeros soltaron la risa. Y era que, a pesar de ser la Fanning una escuela mixta, iluminada por la luz de la razón, los niños y las niñas jamás nos sentábamos en pareja.
Conocía bien a Celina; bueno, quién no la conocía, si su casa servía además de oficina de teléfono, distribuidora de periódicos, revistas y tienda con rockola. Gorda, rubicunda y hecha un manojo de nervios, Celina era la niña más romántica y bondadosa. Su romanticismo era desde luego platónico, y su bondad edulcorada -hecha de cocoa, leche, azúcar; cocida, batida, amasada en bolitas y envuelta en papel glacín- llenaba una lata de galletas danesas. ¿Cómo un zorrito amistoso, diligente y culto podía sentirse mal por compartir secretamente romances y chocolatines, y por soplarle las respuestas a tan distinguida anfitriona?
No se suponga que la bondadosa Celina me obsequiaba sus chocolatines; más bien tenía el buen gusto de canjearlos por mis papeles secantes estampados con propaganda médica, a diez confites por cada secante.
Yo no estaba mal en aprovechamiento; recuerdo que las matemáticas aún no eran mis enemigas más encarnizadas, pero tenía la sospecha de que la profesora quería jalarme de año. Ésta, aprovechando mi nueva ubicación, tomó por sorpresa un paso escrito de matemáticas, y se la pasó vigilándome. Como nunca, le di en el ojo con un 19 que no pudo escamotear. Celina plagió mi paso y obtuvo un 12.
Más adelante, por una travesura nimia, la profesora llamó a mi hermana mayor valiéndose de un recado que yo llevé. Angélica, que nunca atendía las solicitudes de mis profesoras, accedió a ésta, pues no se trataba del consabido favor personal, sino de algo instructivo relacionado con su engreído hermano.
La enfermera Angélica apareció en nuestra aula, la mañana siguiente, enteramente de blanco. En un santiamén, nos pusimos de pie. La profesora, que escribía en la pizarra, volteó sonriente, dejó la tiza, chasqueó los dedos -según su costumbre- para sacudirse el polvillo y fue hacia ella invitándola a avanzar con los brazos extendidos. Mi hermana la alcanzó y la besó.
-Buen día, maestra. Perdone la interrupción.
La puntualidad, la pulcritud y el trato afable de Angélica emocionaron a la profesora.
-Disculpa, Angélica, que te haga venir, tan ocupada como estás, pero este niño me inflama la sangre- le iba diciendo a su brillante ex-alumna; cuando se dio cuenta que nosotros permanecíamos parados, nos ordenó sentarnos y bajó la voz.
La visita de mi hermana acereentó mi orgullo familiar y sirvió para que la profesora me tratara con justedad. Eso pareció porque, un día después, me mandó a sentarme con María.
María era una niña delicada -de suavidad, no de debilidad-, y quizá por ello, a contrapelo de su buen aprovechamiento, no brillaba tanto; era así mismo novia de mi amigo Cosme, de modo que me senté y me sentí muy bien a su lado.
Un poco por la costumbre libre de las norteñas, otro tanto porque el clima iba tirando para verano y su sofoco empezaba a sentirse, María acostumbraba sacarse los zapatos para airear sus pies. Fue buscando en el piso el borrador que se me había caído, cuando me topé con sus pies, que reposaban desnudos sobre sus zapatos; eran pequeños, claros, de tobillos delgados, tersos, de uñas nacaradas y despedían el cálido olor de la transpiración y el cuero. Pies sin trabajo ni fatiga. Su descubrimiento me enardeció y luché contra la incitación a tocarlos suavemente.
Contemplaba y husmeaba con gozo los pies de María. Ella, por su lado, hacía la vista gorda. En un pueblo saturado de sensualidad, estas cosas resultaban verdaderamente pueriles.
Sin embargo, iniciaron mi admiración por el cuerpo, creando mi primera sublimación. Amo los pies de la mujer, tanto como los labios, las mamas o el pubis. Y siempre que dichosas circunstancias ponen ante mí una hembra digna de merecer, observo sus pies con ansiedad, y los apruebo o repruebo evocando los pies de María.
(1985)