De música ligera
1 Octubre 2008
Con cincuenta años y sin mejores oportunidades, Bernardo aceptó, por segunda vez, la invitación de su amigo Diosdado y fijó su taller de diseño gráfico en La Carpa, espacio cultural de la Municipalidad de Lima, situada en la margen izquierda del río Rímac, al pie del puente Santa Rosa; refugio de actores, bailarines de ballet, saltimbanquis, folkloristas y, cosa nueva, rockeros.
Como su juventud había transcurrido entre la militancia política y las clases de arte, cuyo syllabus de Introducción a la Música II terminaba en Stravinski -cosas ambas que lo llevaron a ser uno de los belicosos tontos útiles que impidieron la presentación de Carlitos Santana en el estadio de San Marcos, en 1971-; Bernardo estaba exonerado dogmática y académicamente de la estridencia y el éxtasis del rock, y se acomodaba mejor con los otros artistas.
Sin embargo, fue morosamente ganado por las oleadas de jóvenes creadores de la canción tumultuosa, venidos de los barrios interiores y fronterizos de la ciudad, y por la amistad de Piero y Franklin, que no demoraron en llamarlo «Gurú», y en persuadirlo a colaborar con el diseño de carteles, decorado del escenario y el expendio de cerveza en los conciertos del Condorock, los viernes por la noche, a cambio de entradas y trago.
El Condorock programaba dos o tres bandas por fecha. En el lapso de un año transitaron, alternando con grupos novatos, las fundacionales Leuzemia, Narcosis, pasando por Mar de Copas, la Liga del Sueño, Dolores Delirio, los Hijos del Sol de Germán González, hasta Delpueblo y Delbarrio, y el rey pastrulo Rafo Ráez que cantaba el poema El ciruelo, de Bertolt Brecht
…aunque no puede crecer
él sueña con ser mayor
pero nunca podrá serlo
teniendo tan poco sol…
Era una movida alternativa, contestataria o subterránea que movilizaba a la afición rockera limeña. Cada banda traía su mancha, o su manchón, como Los Mojarras de El Agustino, una barriada polvosa detrás del cementerio, donde se había forjado esta agrupación musical, de lejos la más aplaudida de Lima.
Para programar a Los Mojarras en el Condorock, Franklin, quien en mejores tiempos había traído a Lima a Los Fabulosos Cadillacs, les hizo una oferta que «Cachuca», líder y vocalista del grupo, no pudo rechazar: la mitad de la taquilla, más la carátula de su mítica revista Esquina, pronta a salir.
A cambio, Los Mojarras ofrecieron una racha de atronadoras canciones que iban desde Sarita Colonia, hasta las nuevas Luna Llena, Amor amar y la famosísima Triciclo Perú
Triciclo con zapatos
un vaso de chicha
un buen reloj
camisas, chucherías
tiradas en las calles
y en montón
persiguen la primera venta
las calles están repletas
impulsan el triciclo ambulante
llamado Perú…
apuntalando su buen manejo musical con un show escénico donde se destacaba la poderosa personalidad de «Cachuca», hicieron cantar y vibrar a sus fanáticos.
La Carpa era un circo de lona amarillo oro con dos cúpulas, dentro de las que se descocaba un mundo flotante de jóvenes ebrios y drogados. Los rockeros sentados en la galería imitaban el compás agitando las iracundas cabezas, los de la pista pogueaban sin freno apelotonados ante el proscenio, saltando, girando, bandeándose, dándose de cabezazos, empellones y patadas, gritando, tasajeados por el iris de la luz giratoria. Mirla, una de las que más chillaba, empujaba, pateaba, se bandeaba, saltaba y giraba, excitaba a Bernardo.
Con el clamor de la fama, el concierto ha terminado. En el pequeño jardín de la entrada, sentados en una banca, el «Gurú» y Piero toman cerveza conversando pausadamente. Dentro de La Carpa, sus amigos Álex, Willy y Rolly, acompañados de Mirla y sus amigas metaleras, hacen lo propio. En la Dirección, un Franklin codicioso cuadra la taquilla, acosado por «Cachuca» y su banda.
Mirla, pequeña y vivaz como la pájara del mismo nombre, es también ronca y chillona como ésta, viste de negro y calza botines como todas las de su clan. Bernardo la descubrió entre los muchos fanáticos que se movían anhelantes ante la gran reja de entrada, minutos antes del concierto, y la jaló. La primera novedad que Mirla trajo fue que no estaba sola, sino que eran cinco; la segunda, que la pegaba de brashica; la última, que había estado buscando al «Gurú», sin conocerlo. Y no dejaría de buscarlo en toda la noche. Como ahora que ella sale de la carpa y los invita a pasar. Pero como ese movimiento no estaba barajado en su táctica de levante, Bernardo se abstiene y Piero contesta por él:
-Aquí estamos bien, continúen ustedes.
Mirla se va, apocada. Mas, tras un rato sale nuevamente, con dirección al baño, y al pasar roza con la cadera a Bernardo. Piero va por más cerveza. Como el baño está cerrado -con una pareja dentro- ella patea la puerta, requinta, retorna, y al ver solo al «Gurú», ingresa en el jardín, se baja los jeanes y se sienta a orinar a dos metros de él.
El chorro expande su tibia humorada sobre la hierba y un aire sibilante y perfumado de resinas acres, alerta las orejas, dilata las narices y eriza la piel de Bernardo, que se incorpora acercándose a Mirla. Ella eleva la mirada desafiante, se levanta, le acaricia el bulto y le inquiere con lascivia «¿Es todo mío, Gurú?». «Completamente», responde un Bernardo a punto de ser rebosado. Mirla salta a su cuello y se trepa a su cintura ciñéndolo con las piernas como a un tallo fuerte y querido, lo besa hondonadamente y se deja llevar al rincón, tras el biombo, donde lo desbragueta, olfatea, besa y mama el falo con avidez y ternura, se pone en cuadrúpeda incitándolo con su ondulante culito y su suplicante «jódeme, Gurú». Y Bernardo la toma de las caderas y la penetra con violencia, profundamente, en ese retazo de tierra sin techo y sin luna, donde ocasionalmente se han recogido para gozar y gemir de igual a igual, como dos amantes pobres.
Cuando Mirla y Bernardo salieron del rincón, La Carpa estaba a oscuras y cerrada; caminaron hacia los talleres del fondo llamando y por toda respuesta escucharon el rumor del río, el frío que sentían se intensificó, volvieron, treparon la puerta enrejada y, una vez fuera, emprendieron una alocada carrera por la avenida Tacna. Iban tomados de la mano y a Mirla le dio por bromear con los peatones, los emolienteros, los pirañitas. En la esquina con Emancipación toparon con un joven policía:
-Contigo quiero cachar -chilló la pájara, desafiándolo con un gesto obsceno-. Contigo, sí. Para desvirgarte.
El sorprendido tombo dibujó una sonrisa helada; ellos siguieron corriendo hasta la avenida La Colmena -que en realidad es un panal de putas- subieron hacia la plaza San Martín, pero a medio camino se metieron a un restaurante que ofrecía caldo de gallina. En Lima esta sopa se sirve en un tazón de caldo con tallarines, papas y dos huevos duros, acompañado por un plato con la gallina trozada. Bernardo tomó el tenedor, pinchó uno a uno los huevos y los pasó al plato de Mirla, anticipando:
-Ahí tienes mis huevos. La presa te la sirvo en la cama.
Mirla lo tomó como un cumplido. La metalera comía y hablaba sin pausa. Al terminar ella, él pidió Canada Dry, y le pasó los Marlboro. La brashica se puso a fumar golpeando profunda y lentamente, con ese aire melancólico de los fumadores. Y entre pitada y pitada se la agarró con Río de Janeiro: «Los cariocas son unos cabrones hijos de Macunaíma y la perra puta de su madre, que por unos cuantos cruceiros rifan a su mejor amiga…». Inusitadamante, se subió sobre la mesa y arrancó con un viejo rock de Roberto Carlos:
Onde quer que eu ande tudo é taõ triste
ão me interessa o que de mais existe.
uero que vocé me aqueça neste inverno
que tudo mais vá pro inferno.
Cantaba gesticulando y contoneándose armoniosamente, y el nisei tras la barra estaba tan embobado como Bernardo, pues una cosa es que una metalera subida a una mesa improvise un anto, y otra muy distinta que tenga una voz áspera, desgarrada, emocionada.
La brashica terminó llorando, se puso al lado de Bernardo y le confió: «Me hicieron mierda, sabes, me hicieron mierda, ¡mierda!», mirándole a los ojos esperanzada y atenta, y como él no era bueno para los lamentos, ella se compuso, le besó el cuello, le acarició el bulto y volvió a preguntar: «¿Es todo mío, Gurú?», «Completamente». y él contestó de nuevo Entonces ella se puso de pie, fue al baño, y desde la puerta lo llamó, él no se movió. Finalmente entraron al baño, pero cada quien al suyo.
Disipados los humores de las cervezas, salieron abrazados, bajaron por La Colmena. Ambos iban singularmente contentos, singularmente excitados, parando a trechos para besarse; doblaron por el pasaje Inclán, ingresaron en el hotel El Faraón.
Una vez instalados, Bernardo prendió todas las luces, encendió la estufa, echó al piso el edredón, colocó las almohadas contra la pared, se desnudó y se sentó recostado en las almohadas, observando a Mirla, que, parada en el centro de la habitación, parecía encantada. La pájara empezó a quitarse su atuendo vagabundo; a la luz plena, el despojo de las ropas oscuras y holgadas descubría un cuerpo atezado, grácil pero firme. «Un talle de jineta para mi celo de caballo», dijo Bernardo. La pequeña se sintió presa de una excitación ansiosa y feroz, avanzó hacia él. Él se resbaló al centro de la cama y consintió que Mirla le picotease con besos y lamidos el racimo a su antojo, pues ya conocía la delicia de su fellatio natural y aperitivo. El cuarto se pobló de los suspiros de él. Cuando lo tuvo pletórico y lúbrico, Bernardo levantó la cabeza, sosteniéndola con las manos en la nuca y vio y sintió como Mirla se encajaba el miembro lenta, suavemente, acaballándose sobre su pubis y sus ingles y con las manitas apoyadas en el vientre de él, se ceñía con fuerza, consiguiendo una penetración total y una tensión muscular que hacía más intenso el placer, la delicia que Bernardo le procuraba palpando con su glande los puntos de su alfabeto íntimo. Empezaron los contoneos y el cuarto se embriagó con los gemidos y los olores de ambos. Así estuvieron unos minutos, en trote acompasado, hasta llegar, con una arremetida impetuosa, al galope desenfrenado, sudoroso y jadeante que derrumbó a Mirla con un largo gemido sobre el pecho de Bernardo, a la vez que éste profería un estrepitoso «¡Oooh carajo!».
A caballo culminó aquel encuentro delirante. En la madrugada, al despedirse, Bernardo, ganador, apelando a la apetencia de Mirla, le propuso volverla a ver. Ella enfatizó: «Cuando los Mojarras vuelvan al Condorock». Y es que si bien el signo de Mirla era jugar -y vaya si lo jugaba todo-, no se jugaba jamás el corazón.
(1995)
Aquellos relatos. Alimentan mucho historias que no llegue a vivir