Leticia

8 enero 2010

Bajo el sol matinal, uniformados con los colores nacionales -chompa roja, pantalones blancos-, ordenados en filas marciales en la plaza principal, frente a la casa del hacendado y ante la altísima bandera, los 300 escolares escuchamos declamar al profesor:     ¡Leticia, patria chica, lejana y próxima, mutilada y humillada…! Después toca la banda de músicos y desfilamos cantando esa marcha bonita

De Lima a Leticia
de un salto llegué,
de un salto llegué.
Tan sólo por verte
la punta del pie,
la punta del pie…

Entonces es cosa de crecer pronto e ir a rescatar Leticia. Para esto debemos ser fuertes y atléticos como el campeón de boxeo Antonio Frontado y los futbolistas de los Diablos Rojos, y aprender los rudos oficios de la guerra como el marinero Juvenal y el artillero Casana. Luego iremos en tren, pero el tren sólo llega a Trujillo. O en góndola, pero ninguna carretera llega a Leticia. O en barco, pero el barco va por el mar, y Leticia queda en la Amazonia. O en avión, pero ¿Leticia tiene aeropuerto…?

Lo malo es que nadie -ni siquiera el profesor- conoce Leticia. Chico Calvo, el brigadier, que es de Iquitos, tampoco la conoce, pero sabe su historia.

«Detrás de aquellas montañas azules está la selva verde, Moyobamba, donde nace el río Marañón -dijo Chico Calvo, señalando el este con el índice-. Si ustedes lo navegan corriente abajo durante un mes, verán que se une con el Ucayali formando el gran río Amazonas. Eso ya es dominio del departamento de Loreto».

«Leticia pertenece desde siempre a Loreto. Y se encuentra en el confín noreste de la patria, a orillas del Amazonas, en región de los Huitoto y los Ticuna, el otorongo y el bufeo colorado, el caucho, el palo de rosa y la victoria regia. Son nada menos que 120 mil kilómetros cuadrados de territorio selvoso, ignorado y olvidado, y finalmente cedido a Colombia por el dictador Leguía en 1922».

«Bueno, eso ya lo saben, es historia conocida. Pero lo que no saben es que la recuperación de Leticia fue una escaramuza llevada a cabo diez años después por unos trasnochados caucheros de Loreto heridos en su codicia por la cesión vil de nuestro suelo».

«Los tales colonos, que sumaban veintiocho, después de despacharse todito el tapir y tomarse todito el aguardiente que había en el tambo El mono aullador, del barrio de Belén, se hicieron la pregunta terminante: Y ahora ¿qué tomamos? Y como no podía ser de otra manera, abordaron sus canoas y de Iquitos partieron Amazonas abajo, a tomar Leticia. Iban armados de escopetas de caza y revólveres, y envalentonados con el cañazo y la fama que teníamos de peruanos vencedores de colombianos en el combate de la Pedrera, en 1911».

«Después de bogar seis días por la potente serenidad del Amazonas, cayeron prisioneros de los terribles Bora -hermanos de los Huitoto- cuando los Bora celebraban en Pebas la gran fiesta del Pijuayo, en agradecimiento a esta palmera que les da palmito y aceite. Los Bora, que eran cazadores de cabezas y bebedores de sangre, odiaban a los caucheros esclavistas. Después de dos días de ayuno, los interrogaron en idioma nativo con la intención de ajusticiarlos por sus crímenes, pero enterados de la misión de los malandrines, dejaron atrás rivalidades».

«Invitados por el curaca pucunero, todos cosecharon el huayo y mitayaron. Y en la aldea, un claro de bosque rodeado de malocas con techos de palma, comieron sopa de motelo, zúngaro, lechón de sajino asado, yuca, cogollos de chonta y maní tierno, bebieron masato y chicha de pijuayo; y al ritmo de tambores y flautas, cantaron y danzaron tomados de las manos con muchachas tahuamperas de inocente desnudez, erados de dioses-animales y los cuerpos pintados con achiote».

«Al culminar la semana de las celebraciones, para no ser menos, veintiocho hombres del clan Venado, con los dos hijos del curaca a la cabeza, pasaron a duplicar las filas de la expedición. Los dos hermanos cargaban sobre los hombros el manguaré: gran tambor doble hecho de troncos huecos, sobre el cual se paraba una garza blanca. Los Bora-Venado aportaban además  canoas, escopetas de retrocarga con provisión de balas, arcos y flechas, larguísimas pucunas (cerbatanas) con virotes o dardos envenenados con curare. Como el río, el ánimo de la cáfila se ensanchó».

«Navegaban en la noche y descansaban en el día. Este ejército invisible sólo se anunciaba en el tañido lejano de las maderas, en el golpeteo rítmico de los mazos de caoba sobre el manguaré que resonaba veinte kilómetros a la redonda. El Amazonas y el bosque alimentaban: sábalo, paiche, dorado, huangana, paujil, motelo…»

«Sucedieron Chambira, Caballococha, y transcurrieron cinco días más entre la corriente y la espesura para que a los loretanos, nativos y colonos, se sumasen indígenas mitayeros y fisgas (pescadores), y llegaran a ser noventa hombres, suficientes para medirse con el enemigo».

«Una bandada de sakuyas ribereñas lanzó su canto quejumbroso en la noche calurosa y húmeda de Leticia, aterrando al batallón de extranjeros, quienes al primer escopetazo ¡Muera Colombia, viva el Perú! de los nacionales partieron con viada agarrándose el cogote por miedo a ser decapitados en plena carrera; abandonaron el pueblo, dejando armas y pertrechos, y no pararon hasta salir del mapa».

«La soberanía volvió a la tierra de los Huitoto y los Ticuna.  La boa Yacu Mama, madre del agua, que secretamente acompañaba a los patriotas, se alzó de su hondo río y se convirtió en relámpago. La garza blanca, mensajera de los dioses, visitó montes y llanos con la nueva del rescate de Leticia. Los charapas nos prestigiamos una barbaridad».

«Y en esas estábamos los loretanos, cuando el nuevo dictador, general Benavides -otrora vencedor de los invasores en el combate de La Pedrera- , al enterarse de la toma se escandalizó, y su orden ¡Fuera, intrusos! fue un grito estridente pero rasante -pues como bien dice el maestro Luis Hernán la voz de un dictador es reptante, no alcanza altura- que partió de Lima, se arrastró por los Andes y la selva, llegó a Leticia y expulsó de allí a mis victoriosos paisanos, entregándose nuevamente a Colombia nuestro confín patrio».

La guerra de Leticia ya se ha dado dos veces. Leticia es un lugar irredento, de aventura, de conquista; sus mayores enemigos son nuestros propios dictadores. Ahora que gobierna el general Odría, ir a rescatarla sería una temeridad.

Ay, qué bonitas son
las muchachas de Leticia.
Ay, qué bonitas son
las chicas en su balcón.
Porón pon pon.
Porón pon pon.

El Demonio en su momento

23 agosto 2009

Compartimos la carpeta en la escuela. Ambos tenemos nueve años, pero Tato es un poco más alto. Yo lo acompaño siempre, ganado por su ímpetu y su destreza en los juegos del monte.  Vamos a apedrear lechuzas al Vivero, a cazar libélulas y bañarnos en el arroyo de los juncos, a trastear en su chiquero que queda cerca al pantano de la pampa de aterrizaje, donde su madre ceba un cerdo Poland-China gigante, color negro con manchas blancas en la trompa y las patas.

Frecuento su casa en la calle Bélgica, a la entrada del poblado. Tato no tiene hermanos, su papá es viejo y opaco, su mamá es joven y buena moza. Ambos visten de negro, con blusas blancas.  El hogar es pobre, sin visitas, pero ordenado y pulcro, con un vaporoso aroma de hierbabuena que viene de la cocina y se sirve en sopa shámbar para Tato y para mí. La señora es generosa, amable y tiene la voz cantarina:  ¿Por qué no has venido ayer, Nardito?  Dime ¿Qué te ha pasado, zorrito?  ¿Alguien aquí te ha puesto mala cara?  ¿Yo, acaso?  ¿Acaso te has peleado con el Tato?  Los niños no deben pelear.  Entre amiguitos no deben pelear. Me lo dice tomándome las manos, acercándome su luminoso rostro. Entonces yo me explico, me disculpo, prometo.

Una tarde, en la cocina, cuando los pollos piaban tanto en el corral, la he observado en justillo, destejiéndose la trenza, desmelenándose y lavándose el cabello, inclinada a una palangana blanca;  jugando con la espuma del jaboncillo del campo, entreviéndome sonriente tras el flequillo de su cabellera mojada, mostrando los hombros plenos, la nuca graciosa, la espalda tersa, su escote profundo y secreto, que me abrasan de rubor.

Anteayer, en el recreo, cuando jugábamos a los trompos bajo el aromo que perfuma y da sombra al patio, Tato me dijo triste:  Mi mamá ha vendido el puerco y ha huido con un hombre a la hacienda Sausal. Y mi papá ha ido persiguiéndolos. Yo me he quedado con mi tía.

Ayer mi amigo faltó a la escuela.

Hoy, él no quiere jugar. Y, sobreponiéndose para no llorar, continúa:  Mi papá ha regresado, solo. Está pasmado, sin oriente. Se marcha mañana a la sierra… llevándome. Tato se vuelve ausencia, pena, cólera, desesperación. Como para salvarme, pienso en su mamá. Esforzándome por entender cómo el maléfico Demonio la inquietaba, dónde la acosaba y en qué terrible momento abatió su alma, desbarató su blusa, su justillo, su pollera, y se metió en su cuerpo fragante y bonito. Y qué poder tiene el pecado para desviar la vida de Tato y acabar la de su padre.

Pintar un cóndor

15 agosto 2009

condor

Tenía un imponente cuerpo cubierto de plumas negras, una cabeza calva, rosada y encrestada; su pico era crema, grueso, ganchudo y filoso; sus ojos pequeños, su mirar atento; un collar de plumillas blancas rodeaba su pescuezo desnudo; unas patas escamosas, armadas de agudas garras, lo sostenían de un travesaño; estaba prisionero en una enorme jaula de hierro suspendida por una cadena de la viga del techo; de todo él emanaba un brillo sedoso, un olor denso. Era el cóndor, el ave divina del antiguo Perú.

La noticia la trajo el viento.

- ¡Han cazado un cóndor! ¡Un dios andino!
- ¡Está en el Kindergarten!

Corrimos hacia acá. Como son vacaciones, las puertas del salón estaban cerradas, pero, empujándola, una puerta lateral se abrió y entramos a esta amplísima aula que dejamos hace cuatro años. Los ventanales arrojaban polvo de luz que inundaba el salón. Aquí, en el fondo, se hallaba la majestuosa criatura.

Un gringo barbudo, vestido de bata blanca y boina azul, estaba frente al cóndor. Era el pintor, quien nos recibió sin sorpresa, respondiendo a nuestro saludo con una sonrisa leve, pero sin hablarnos. Terminó de armar un caballete macizo, colocó en él un bastidor muy grande, cubierto con lienzo blanco; miró al cóndor como si quisiera comérselo, y escuchamos que le dijo «Vamos a dibujarte». Y comenzó a delinear el contorno con un carboncillo en la espaciosa tela blanca; lo hacía suavemente, pausadamente, degustando el trazo. Continuó con los detalles. Empezó a aparecer el cóndor, libre de la jaula; primero su cabeza agazapada y cavilosa, después su pecho, sus alas recogidas y, al final, sus patas; pero el artista cambió el palo donde el animal se paraba y, en su lugar, bosquejó un risco en una cumbre soberbia. A ratos, el pintor tomaba distancia, cruzaba los brazos, miraba al cautivo, al dibujo; hacía un mohín gracioso, como para darse ánimo, y acentuaba con toques finos el bosquejo. Al mediodía, el dibujo estaba acabado. El cóndor aparecía de frente, inmóvil, como persona en un retrato.

Aquella noche soñé con el cóndor. Yo montaba sobre él, en vuelo altanero y sereno por el azul tierno, encima de las montañas, entre nubes algodonosas.

Al día siguiente encontramos al pintor delineando con un lápiz rojo el contorno de la figura; después tomó la paleta y el pincel y fue manchando la tela, de color gris el cuerpo del ave y de añil el fondo, solapando la figura con una fea capa de color. El dibujo del cóndor apenas se veía. Pensamos que el pintor ya no lo quería, que no podía con él, que se había vuelto loco, y se lo dijimos; pero su indiferencia nos silenció.

Asistiendo a ver al cóndor -severo y caviloso, mirándonos desde su jaula- empezamos a comprender la pintura: las pinceladas ágiles, el colorido esencial en que la imagen de el ave iba surgiendo cada vez más real sobre el fondo añil. Y nos acostumbramos a la manera con que el pintor observaba al cóndor, a veces con suavidad, a veces con dureza; iba como desnudándolo, como desalmándolo, tomando su plenitud para el lienzo.

Al cóndor nunca le fallamos los zorritos. Veníamos secretamente, convocados por él. Una mañana, estuve mirando el trabajo y las manías del pintor y, de sopetón, le dije:

- ¿Es verdad, maestro, que usted se llama Joaquín Marlés, y ha venido de Barcelona a pintar un retrato de don Constante y doña Martha?

El pintor, todo sorprendido, se volvió y habló:

- Es verdad. Y tú ¿cómo diantre lo sabes?

Más sorprendido aún, me apuré en contestar:

- Mi hermana Angélica es enfermera de la casa-hacienda. Ahí lo vio a usted pintando a los señores. ¿Pintar señores es más difícil que pintar un cóndor?
- Oh, no. No lo es- contestó sonriendo el artista.

En tanto, el cóndor permanecía de lo más extrañado, como asombrado de estar prisionero sólo para ser mirado. Y el pintor lo observaba de manera diferente, pensando, como si no lo estuviera viendo. Se le acercó armado de un pincel muy grueso y dio con el mango un fuerte arañazo en los barrotes de la jaula. El ave se espantó, dio un feroz graznido y abrió las alas para atacar, pero las alas eran tan amplias que se estrellaron contra los fierros de la jaula, balanceándola bruscamente, produciendo un ruido grave, áspero, seco, y un crujir agudo, ferruginoso, monótono; levantando plumas, polvo de estiércol y un olor más denso. Sentí un miedo atroz.

El pintor quedó mirando profundamente los ojos graves del cautivo, como leyendo sus furibundos pensamientos. Después de un rato, descarnado y punzante como un palmetazo, le dijo «Vamos a empastarte». Y comenzó a matizar la pintura, ayudándose con la espátula enana que usaba para batir los óleos. Los colores se acentuaban o se esfumaban. Iba apareciendo una luz tersa en el cóndor; como si tuviera la sangre enardecida, dejaba de ser tierno, se llenaba de fuerzas.

La noticia la ha traído el viento.

- ¡Han soltado al cóndor!
- ¡El pintor lo ha liberado! ¡Y el cóndor lo ha remontado!
- ¡Se han ido volando!

Al jardín de infancia hemos venido corriendo y en realidad, el ave no está, y el artista tampoco. Sólo está la pintura, animada por lindas pinceladas. En ella aparece en verdad, el cóndor, como extasiado, lleno de brío, encaramado en la cumbre, inclinado hacia el cielo añil.

(Publicado en Checán y otros cuentos, 1996. Versión corregida).

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A los malhadados de la verdad, a quienes la vida en sociedad les resulta una degradante metamorfosis; a los seducidos por las llamadas desde las azoteas, los puentes, los acantilados; a los perseguidos por la miseria y la jauría, por el fenobarbital, el electroshock, la camisa de fuerza. En fin, a aquellos pobres diablos cuya disociación del yo esencial hace crisis y da miedo, nos llega la noticia alucinante y esperanzadora de la ayuda médica: el renacimiento, la humanización del antiguo manicomio Víctor Larco Herrera, llevado a cabo por un grupo de jóvenes especialistas.

Internado en el corazón viejo y tristón de la Magdalena del Mar, apartado por un muro del barullo mundanal, de la tiranía mecanicista, racionalista y neoliberal, el nuevo manicomio nos tiene asegurados la medicina y también los ejercicios, y ganados el pan, el ocio y el sueño justo (que va a revelarnos claves para mejorar lo que nos dañó en la vigilia).

Allí iremos de buena gana. Habrá un pabellón vacante de luna muy hermosa y blanco amanecer para los cansados de pensar sin rumbo. La vida recobrará su sentido, no habrá soledad, no tendremos miedo; entre pacientes de cuidado aspecto y aire extravagante, protegidos por enfermeras musas que han desaforado a los feroces barchilones de antaño, pasearemos por los jardines como un clan poderoso; y animados por los amigos duendes de Martín Adán, Pedro Gori e Iván Ojos negritos Suárez, podremos por fin asaltar el cielo.

Revitalizaremos nuestras almas, no habrá desesperación, ni cargos de conciencia. Nos sobrará optimismo y, a filo de paciencia, asumiremos consecuentemente el postergado reto de ser lectores-escritores-conspiradores a exclusividad; filtraremos cuentos en clave y emblemáticos poemas entre las visitas. Y una tarde, extraordinariamente felices, volaremos sobre el pino al nido del cuco, en el obstinado aire de la infancia.

(2000)

A veces entra en el bosque un silbido veloz
que recorre fugaz la penumbra y la luz,
y los árboles fríos del bosque soy yo.

Todas las copas se postran a fin de existir;
de no hacerlo, deshechas habrían de morir,
y ese viento que trae la muerte eres tú.

Eres la llama que abraza la flor
y la violencia del fiero huracán,
la sombra oscura que sigue mi amor.
¿Por qué, por qué tú sigues, di,
matando este amor que hoy dejas?

Las trampas del amor

25 mayo 2009

trampas amor

Jopo

27 octubre 2008

«Higinio, por fin te encontramos.  ¡Despierta! …Mira nomás cómo te han golpeado. ¿Qué quiénes somos? Pues Dominga y yo, un cazador nocturno. Sí, el mismo a quien corriste ayer, cuando me atravesé en tu camino. El moro en que montabas entendió mi amistosa intención de hablarte, pues al verme salir del maizal se detuvo amablemente, pero cuando desenfundaste el revólver dio un relincho encabritándose y, después que erraste el primer disparo, haciéndose el asustadizo apuró la carrera, librándome de tu andanada de balas».

«Claro que eso de querer matarme no es cosa personal sino abominación, pues entre crédulos nosotros somos mala señal. Pero mira tú cómo son las cosas; salvadas las apariencias, tú no eres distinto de mí. Y si me hubieras escuchado, habrías evitado la golpiza, enterándote de que Porfirio Sánchez te buscaba para finiquitarte, pues había sorprendido a la pequeña Liduvina -la niña de sus ojos- hablando en oro de tu guapeza.   Dices que no tienes nada que ver, te creo. Sin embargo, las esforzadas patrañas de nuestros detractores campean sobre nuestro prestigio. Y para colmo, tenemos infundada fama de polígamos y poliandras».

«Pero esconde la pena debajo del sombrero, que de malicia está colmado el pícaro mundo. Mira bien qué terreno pisas, qué mujer festejas, cuando vas por Tulpo, Mollepata, Pullally… tirando prosa con tu juventud, tu bigote Avelino, tu caballo prestado y tu revólver fallón, dando lustre a tu cargo de caporal de la hacienda Tulpo. Sordo a los ruegos de la prieta. Si no lo sabes, el amor entre nosotros es como la cucaña, donde el premio se consigue con gran habilidad y esfuerzo, no llegando a la cima de la cucaña, sino asentándose allí con una pasión de por vida. Vayas donde vayas, siempre volverás al cubil como baqueano».

«Ve, Higinio, con Dominga y las niñas. Retocen de celo o duerman profundamente en el día bajo los árboles de anchurosa copa. Abran ojos, oídos y narices a la noche, sigan la vena húmeda que brota de la peña de Quiruvilca y baja saltando a formar el río y a vivificar la tierra con su aliento de agua. Orillen el Alto Chicama. Pesquen, cacen en la foresta, hasta donde el agitado descenso mengua, la corriente se torna creciente barrosa, que ondea y corre, y sus cantos se colman de meandros arcillosos. Allí, entre el mar y esa inmensa llanura costera que hace tres mil años fue un calabazar y ahora es un cañaveral, establézcanse. Huyan ahora mismo de este sitio pesado».

«Desde luego que me gustaría acompañarlos por aquellas frescas riberas de sauces y carrizos, a seguir el rumbo de los antepasados, ahora que las lluvias han empezado y el Chicama es nuevamente un río de avenida que reclama víctimas. No es por temor, sino porque los machuchos como yo, por instinto comarcal, no abandonan el territorio acostumbrado. En cambio ustedes, jóvenes ubicuos, ases del nadar libre, el rastro invisible y curtidos de vértigos abismales, que no se amilanan pelándose de frío en esta loma de Mollepata, tampoco se arredrarán chamuscándose por el sol del Chicama. Perdonen la arrogancia, pero somos capaces de sobrevivir en cualquier ambiente».

«Por donde trajinen, la fuerza del instinto será su salvaguarda, y la vocación por el vagabundaje -que espanta a los poderosos-, su auténtica libertad. El pueblo, los desiertos, las lomas, los bosques, los cañaverales, los ríos, el mar costero, son sus elementos; como lo son aquí en la sierra los hombres comunes, las quebradas, los maizales, las punas, las serenas lagunas, las cuevas de los cerros. Bajar al Chicama será retornar al valle ancestral tras un exilio de 500 años, impuesto por Túpac Yupanqui a los chimús tras tomar la hasta entonces inexpugnable Chan Chán. Debemos saber volver a casa».

«Somos una familia que ha sobrevivido a los varapalos del tiempo. Una estirpe que en época de los gentiles, por decir una malhadada verdad, Cuniraya Viracocha condenó a ser odiada por los hombres y caminar en la noche. Pero ¿cómo pudo un dios foráneo castigar sin contemplación a los hijos de Ai Apaec, dios mayor del panteón Moche? Éste, con justeza, nos dispuso como centinelas de su toldo divino… ¡Arriba de la testa sacra! El Hacedor nos facultó de entendimiento y fácil adaptación, ennobleciéndonos de espíritu y buenas maneras. Más, vencida la divinidad, tomado el reino, relevada la honorable guardia, fuimos arrojados a vagar como salvajes y difamados por los celadores de la moral. Mas no pudieron despojarnos de ánimos».

«Callada la memoria familiar, vamos a la caza de un tiempo nuevo. Contamos con la savia de esta tierra. Nos hace falta, sin embargo, la humana fuerza. Así, te pido que te propagues, y no te confundas ni permitas que nos confundan.  Nosotros somos, según las naciones, rojos, grises, blancos o plateados, pero no existe el color de la fatalidad en la familia; esa es invención del jilguero. Yo, como ves, soy un zorro gris vecino de Tulpo, amigo del cóndor, que, oteando el rastro de la sangre, he llegado a esta zona de niebla para avisarte».

Los pies de María

1 octubre 2008

-¡Bernardo!- clamó la profesora Mercedes.

Me puse de pie a un lado de la carpeta, como si hubiera escuchado «¡Firmes!».

-De modo que esta vez usted se ha pasado el recreo afirmando, ante los tontos de siempre, que la luna tiene mares, desiertos y cráteres de volcanes apagados en los cuales es probable que exista la vida- me amonestó con tono irónico, creando expectación en el quinto año de primaria.

-¿De dónde ha sacado usted estas extravagancias? -continuó.

-Lo comentó mi hermano Wilfredo, hoy durante el almuerzo- alcancé a responderle.

-¿Wilfredo?

-Sí, señorita, él nos dijo que lo había leído en la revista Selecciones.

La profesora puso gesto de sorpresa, pero se recobró en seguida, dio por terminada la indagación y sentenció:

-Como escarmiento, desde ahora se sentará con Celina.

Todos mis compañeros soltaron la risa. Y era que, a pesar de ser la Fanning una escuela mixta, iluminada por la luz de la razón, los niños y las niñas jamás nos sentábamos en pareja.

Conocía bien a Celina; bueno, quién no la conocía, si su casa servía además de oficina de teléfono, distribuidora de periódicos, revistas y tienda con rockola. Gorda, rubicunda y hecha un manojo de nervios, Celina era la niña más romántica y bondadosa. Su romanticismo era desde luego platónico, y su bondad edulcorada -hecha de cocoa, leche, azúcar; cocida, batida, amasada en bolitas y envuelta en papel glacín- llenaba una lata de galletas danesas. ¿Cómo un zorrito amistoso, diligente y culto podía sentirse mal por compartir secretamente romances y chocolatines, y por soplarle las respuestas a tan distinguida anfitriona?

No se suponga que la bondadosa Celina me obsequiaba sus chocolatines; más bien tenía el buen gusto de canjearlos por mis papeles secantes estampados con propaganda médica, a diez confites por cada secante.

Yo no estaba mal en aprovechamiento; recuerdo que las matemáticas aún no eran mis enemigas más encarnizadas, pero tenía la sospecha de que la profesora quería jalarme de año. Ésta, aprovechando mi nueva ubicación, tomó por sorpresa un paso escrito de matemáticas, y se la pasó vigilándome. Como nunca, le di en el ojo con un 19 que no pudo escamotear. Celina plagió mi paso y obtuvo un 12.

Más adelante, por una travesura nimia, la profesora llamó a mi hermana mayor valiéndose de un recado que yo llevé. Angélica, que nunca atendía las solicitudes de mis profesoras, accedió a ésta, pues no se trataba del consabido favor personal, sino de algo instructivo relacionado con su engreído hermano.

La enfermera Angélica apareció en nuestra aula, la mañana siguiente, enteramente de blanco. En un santiamén, nos pusimos de pie. La profesora, que escribía en la pizarra, volteó sonriente, dejó la tiza, chasqueó los dedos -según su costumbre- para sacudirse el polvillo y fue hacia ella invitándola a avanzar con los brazos extendidos. Mi hermana la alcanzó y la besó.

-Buen día, maestra. Perdone la interrupción.

La puntualidad, la pulcritud y el trato afable de Angélica emocionaron a la profesora.

-Disculpa, Angélica, que te haga venir, tan ocupada como estás, pero este niño me inflama la sangre- le iba diciendo a su brillante ex-alumna; cuando se dio cuenta que nosotros permanecíamos parados, nos ordenó sentarnos y bajó la voz.

La visita de mi hermana acereentó mi orgullo familiar y sirvió para que la profesora me tratara con justedad. Eso pareció porque, un día después, me mandó a sentarme con María.

María era una niña delicada -de suavidad, no de debilidad-, y quizá por ello, a contrapelo de su buen aprovechamiento, no brillaba tanto; era así mismo novia de mi amigo Cosme, de modo que me senté y me sentí muy bien a su lado.

Un poco por la costumbre libre de las norteñas, otro tanto porque el clima iba tirando para verano y su sofoco empezaba a sentirse, María acostumbraba sacarse los zapatos para airear sus pies. Fue buscando en el piso el borrador que se me había caído, cuando me topé con sus pies, que reposaban desnudos sobre sus zapatos; eran pequeños, claros, de tobillos delgados, tersos, de uñas nacaradas y despedían el cálido olor de la transpiración y el cuero. Pies sin trabajo ni fatiga. Su descubrimiento me enardeció y luché contra la incitación a tocarlos suavemente.

Contemplaba y husmeaba con gozo los pies de María. Ella, por su lado, hacía la vista gorda. En un pueblo saturado de sensualidad, estas cosas resultaban verdaderamente pueriles.

Sin embargo, iniciaron mi admiración por el cuerpo, creando mi primera sublimación. Amo los pies de la mujer, tanto como los labios, las mamas o el pubis. Y siempre que dichosas circunstancias ponen ante mí una hembra digna de merecer, observo sus pies con ansiedad, y los apruebo o repruebo evocando los pies de María.

(1985)

Shillica

1 octubre 2008

A Susana Cabanillas la conocí en la plaza Francia, una tarde de mayo de 1984 en que observábamos las grandes vitrinas de la librería Studium. Su atuendo negro, su silueta bondadosa atrajeron mi atención. Blanca, carnosa, de estatura y edad medianas. Al saberse observada, la ricahembra usó, con hábil simulación, la treta de arreglarse un arete para mirar de soslayo a quien la contemplaba. Su apretón de manos fue cálido y generoso. Estaba interesada en un diccionario de sinónimos para sus hijos; le recomendé el de Sainz de Robles, que ella compró enseguida. Como suele decirse, simpatizamos desde un principio.

La invité al Bambú, una cafetería de Belén. Los cafés fueron servidos con tamales, y después un vino tinto entonaron los ánimos. Entonces supe que era de Celendín -«una shillica auténtica», me dije goloso espaciando la mirada en su cabello renegrido, peinado con raya al medio y recogido atrás con una peineta de carey, su rostro de tez rosada y facciones agradables, y descendiéndola en su prominente escote-, que fue reina estudiantil del Rosa de Santa María, de donde, a los quince años, fue llevada en vilo ante el altar por un impetuoso periodista deportivo con el que tenía dos hijos -sus dedos jugueteaban con dos alianzas de oro de su anular-, y que poseía una tienda de regalos, cosméticos y perendengues en el mercado de Zárate. Cuando le hice la inevitable pregunta: «¿Qué es de tu marido?», contestó con desasosiego que el periodista deportivo se enamoró de la crónica roja y se largó con una puta.

La menuda historia personal de Susana, contada con áspero candor, era propiciatoria. No hay plan más voluble ni conquista más dócil que el de una mujer sufrida por el despecho; de modo que, expresando emoción solidaria, le tomé las manos, la atraje y la besé.

Salimos excitados, ya entrada la noche, apurando el paso por la galería de San Martín para doblar por Contumazá y meternos en el Rivadavia. Ahí descubrí que esta hembra lactescente era dueña de unas tetas saludables, rosadas, de tenues venas azules. Amarla de frente era sucumbir a su tersura y calidez. En la palpitante intimidad me confesó que le gustaba mi color trigueño y mi mirar intrépido. Sin embargo, en un segundo retozar, su frenesí fue despintándose hasta la laxitud. Cuando salimos era medianoche, había recuperado la lucidez; estaba recelosa.

Pasaron los meses y al no recibir noticias de ella fui a buscarla a su tienda, aunque no dí con el lugar. Así quedé colgado medio año, con el sinsabor de haber espantado a una hembra de revuelo; hasta la mañana de julio en que Patricia, mi secretaria, me pasó una llamada telefónica. Era Susana. Nos vimos esa noche en el hall del cine Metro. Lucía garbosa, siempre de negro, linda y fatal, y por ello mismo, evasiva. Tomamos helados, paseamos por la plaza y, a punta de un hablar rendido, besos salivados y magreos, la arrastré nuevamente al Rivadavia. El hostalito estaba lleno, pero yo no me moví del recibidor por temor a que mi blanca presa se desanimara. Y cuando el administrador me lo propuso, acepté un cuarto improvisado en la azotea, que resultó bueno. Aquellos polvos fueron más placenteros y dulces que los primeros, el discreto perfume se cuajaba con los efluvios de su cuerpo evaneciéndose, y el aire se saturaba de un olor marino. No obstante, la shillica me confesó después, con una franqueza rayana en el afecto:

-Me gustaría hacerlo con más calma y amplitud.

Comprendí que quería trizar el amor, gozar todo lo que era capaz su sana naturaleza.

-Haremos retiros soleados -le propuse.

-¿A pleno sol?

-Más o menos.

-¿No es inmoderado?

-¡Por favor! La oscuridad de la noche ya la conocemos. Por el contrario, la luz del sol estimulará la calma del sosiego y la amplitud de la constancia que buscas. ¡Al diablo la noche escrupulosa! ¡Bienvenido el día en pelotas!

Demudó el gesto, se echó a reir.

Me esperaba los sábados por la mañana en la plaza Francia, bajo la sombra del delicado portal de caoba del desusado Hospicio de Mujeres Vergonzantes y Escuela de Niñas Pobres. De ahí, un taxi nos llevaba a Cinco Esquinas, al Maryvón, una casona en el viejo barrio del Cercado, transformada en discreto hostal cuyas grandes ventanas de la segunda planta daban a la calle. El cuerpo rosado y fresco y el deseo fogoso y retozón de Susana, reflejados en toda su seducción en el espejo oval de cuerpo entero, contrastaban con la habitación amplia, limpia, pero de gobelinos desvaídos, catre de fierro negro y la calle cenicienta, solitaria. En nuestro refugio sabatino, donde la dócil y afable Susana -despojada de los aros, suelto el moño- se desplazaba desnuda con sus pechos erguidos sobre el entablado, adelantamos mucho en plenitud y tolerancia, hasta hincar mis dientes en su nuca. Sus senos imbatibles, y su heroicidad para avanzar en la cópula me llevaron a festejarla nominándola «Marianne», como la Libertad de Delacroix.

Comíamos, por todo almuerzo, sánguches y naranjas. Cuando el verano terminó dejé de verla.

Meses después, nostálgico de sus mamas espléndidas, y esta vez premunido de señales más precisas, fui a verla al mercado de Zárate. La hallé hermosa como siempre. Esa noche de reencuentro, atendiendo a mi rango de funcionario de turismo, cenamos en un chifa de Pueblo Libre. La shillica, tomándome las manos, me confió que estaba por viajar a Uchiza, pueblo selvático malafamado por el tráfico de cocaína, para vender sus cosméticos y perendengues. Con un divorcio a cuestas, ella deshojaba conmigo sus azahares. Ya lo había hecho aquella vez que, en lo mejor de nuestra relación, me invitó formalmente a su casa, y no acepté. Ahora Susana iba más lejos, tocaba a sombra. Intenté aconsejarla pero el «ir por allí cuando se tiene lindura y un negocio es insensato. No lo hagas, es un suicidio» no bastó. Su hermosura demandaba protección, comodidad, una salida formal, y yo temía comprometerme. Y mi espíritu canalla se consoló con la idea de que su alma de grilla silvestre se había apoderado de ella, y persuadirla de desistir era imposible.

En el largo medio tiempo perdí mi empleo de burócrata y pajarié en las artes gráficas sin conseguir algo suculento, hasta el 88 en que me azorré y dirigí un taller de serigrafía que resistió por cinco años los embates de la recesión, y cobijó la débil hermosura de una huamanguina allanada a mi pasión.

A fines del 92, nuevamente fui puesto en la calle. Espoleado por el recuerdo de su albura nutricia, y haciendo caso omiso del acervo criollo, aluciné que el tiempo del amor había vuelto, que Susana estaba esperándome. Fui al encuentro de mi madura ricahembra con una mezcla de esperanza y temor. La tienda estaba cerrada. Pregunté por ella a su vecina, una bodeguera gorda y recelosa quien, después de aplicarme un interrogatorio en regla, me dijo: «La buenamoza viajaba a Uchiza llevando negocio. Así estuvo como un año, yendo y viniendo. Parecía que le iba muy bien, hasta que un día no volvió más. La fondearon en el río Huallaga… eso dicen».

(1993)

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