Postcards from Paraguay (Mark Knopfler)
Mayo 12, 2008
Los pies de María
Mayo 11, 2008
-¡Bernardo!- clamó la profesora Mercedes.
Me puse de pie a un lado de la carpeta, como si hubiera escuchado «¡Firmes!».
-De modo que esta vez usted se ha pasado el recreo afirmando, ante los tontos de siempre, que la luna tiene mares, desiertos y cráteres de volcanes apagados y en ellos es probable que exista la vida. ¿De dónde ha sacado esas extravagancias?- me amonestó, creando expectación en el quinto año de primaria.
-Lo comentó mi hermano Wilfredo, hoy durante el almuerzo- alcancé a responderle.
-¿Wilfredo?
-Sí, señorita, él nos dijo que lo había leído en la revista Selecciones.
La profesora puso gesto de sorpresa, pero se recobró en seguida, dio por terminada la indagación y sentenció:
-Como escarmiento, desde ahora se sentará con Celina.
Todos mis compañeros soltaron la risa. Y era que, a pesar de ser la Fanning una escuela mixta, iluminada por la luz de la razón, los niños y las niñas jamás nos sentábamos en pareja.
Conocía bien a Celina; bueno, quién no la conocía, si su casa servía además de oficina de teléfono, distribuidora de periódicos, revistas y tienda con rockola. Gorda, rubicunda y hecha un manojo de nervios, Celina era la niña más romántica y bondadosa. Su romanticismo era desde luego platónico, y su bondad edulcorada -hecha de cocoa, leche, azúcar; cocida, batida, amasada en bolitas y envuelta en papel glacín- llenaba una lata de galletas danesas. ¿Cómo un zorrito culto y diligente podía sentirse mal por compartir secretamente romances y chocolatines, y por soplarle las respuestas a tan distinguida anfitriona?
No pienses tú, amable lector, que la bondadosa Celina me regalaba sus chocolatines; más bien tenía el buen gusto de canjearlos por mis papeles secantes estampados con propaganda médica, a diez pastas por cada secante.
Yo no estaba mal en aprovechamiento; recuerdo que las matemáticas aún no eran mis enemigas más encarnizadas, pero tenía la sospecha de que la profesora quería jalarme de año. Ésta, aprovechando mi nueva ubicación, tomó por sorpresa un paso escrito de matemáticas, y se la pasó vigilándome. Como nunca, le di en el ojo con un 19 que no pudo escamotear. Celina plagió mi paso y obtuvo un 12.
Más adelante, por una travesura nimia, la profesora llamó a mi hermana mayor valiéndose de un recado que yo llevé. Angélica, que nunca atendía las solicitudes de mis profesoras, accedió a ésta, pues no se trataba del consabido favor personal, sino de algo instructivo relacionado con su engreído hermano.
La enfermera Angélica apareció en nuestra aula, la mañana siguiente, enteramente de blanco. En un santiamén, nos pusimos de pie. La profesora, que escribía en la pizarra, volteó sonriente, dejó la tiza, chasqueó los dedos -según su costumbre- para sacudirse el polvillo y fue hacia ella invitándola a avanzar con los brazos extendidos. Mi hermana la alcanzó y la besó.
-Buen día, maestra. Perdone la interrupción.
La puntualidad, la pulcritud y el trato afable de Angélica emocionaron a la profesora.
-Disculpa, Angélica, que te haga venir, tan ocupada como estás, pero este niño me inflama la sangre- le iba diciendo a su brillante ex-alumna; cuando se dio cuenta que nosotros permanecíamos parados, nos ordenó sentarnos y bajó la voz.
La visita de mi hermana sirvió para que la profesora me tratara con justedad. Eso pareció porque, un día después, me mandó a sentarme con María.
María era una niña delicada -de suavidad, no de debilidad-, y quizá por ello, a contrapelo de su buen aprovechamiento, no brillaba tanto; era así mismo novia de mi amigo Cosme, de modo que me senté y me sentí muy bien a su lado.
Un poco por la costumbre de las norteñas, otro tanto porque el clima iba tirando para verano y su sofoco empezaba a sentirse, María acostumbraba sacarse los zapatos para airear sus pies. Fue buscando en el piso el borrador que se me había caído, cuando me topé con sus pies, que descansaban desnudos sobre sus zapatos; eran pequeños, claros, de tobillos delgados, tersos, de uñas nacaradas y despedían el cálido olor de la transpiración y el cuero. Pies sin trabajo ni fatiga. Su descubrimiento me enardeció y luché contra la incitación a tocarlos suavemente.
Oteaba y husmeaba con aplicación y gozo los pies de María. Ella, por su lado, se hacía de la vista gorda; en un pueblo saturado de sensualidad, estas cosas resultaban verdaderamente pueriles.
Sin embargo, iniciaron mi admiración del cuerpo, creando mi primera sublimación. Amo los pies de la mujer, tanto como los labios, las mamas o el pubis. Y siempre que las circunstancias ponen ante mí una hembra digna de merecer, observo sus pies con ansiedad, y los apruebo o repruebo evocando los pies de María.
(1985)
Shillica
Mayo 11, 2008
A Susana Cabanillas la conocí en la plaza Francia, una tarde de mayo de 1984 en que observábamos las grandes vitrinas de la librería Studium. Su atuendo negro, su silueta bondadosa atrajeron mi atención. Blanca, carnosa, de estatura y edad medianas. Al saberse observada, la ricahembra usó, con hábil simulación, la treta de arreglarse un arete para mirar de soslayo a quien la contemplaba. Su apretón de manos fue cálido y generoso. Estaba interesada en un diccionario de sinónimos para sus hijos; le recomendé el de Sainz de Robles, que ella compró enseguida. Como suele decirse, simpatizamos desde un principio.
La invité al Bambú, una cafetería de Belén. Los cafés fueron servidos con tamales, y después un vino tinto entonaron los ánimos. Entonces supe que era de Celendín -«una shillica auténtica», me dije goloso espaciando la mirada en su cabello renegrido, peinado con raya al medio y recogido atrás con una peineta de carey, su rostro de tez rosada y facciones agradables, y descendiéndola en su prominente escote-, que fue reina estudiantil del Rosa de Santa María, de donde, a los quince años, fue llevada en vilo ante el altar por un impetuoso periodista deportivo con el que tenía dos hijos -sus manos jugaban con dos alianzas de oro-, y que poseía una tienda de regalos, cosméticos y perendengues en el mercado de Zárate. Cuando le hice la inevitable pregunta: ¿Qué es de tu marido? Contestó con desasosiego que el periodista deportivo se enamoró de la crónica roja y se largó con una puta. No hay plan más voluble ni conquista más dócil que el de una mujer sufrida por el despecho; de modo que, expresando emoción solidaria, le tomé las manos, la atraje y la besé.
Salimos excitados, ya entrada la noche, apurando el paso por la galería de San Martín para doblar por Contumazá y meternos en el Rivadavia. Ahí descubrí que esta hembra lactescente era dueña de unas tetas saludables, rosadas, de tenues venas azules. Acariciarlas era sucumbir a su tersura y calidez. En la palpitante intimidad me confesó que le gustaba mi color trigueño y mi mirar intrépido. Sin embargo, en un segundo retozar su frenesí decayó en regateos hasta la laxitud. Cuando salimos era medianoche, había recuperado la lucidez; estaba recelosa.
Pasaron los meses y al no recibir noticias de ella fui a buscarla a su tienda, aunque no dí con el lugar. Así quedé colgado medio año, con el sinsabor de haber espantado a una hembra de revuelo; hasta la mañana de julio en que Patricia, mi secretaria, me pasó una llamada telefónica. Era Susana. Nos vimos esa noche en el hall del cine Metro. Estaba emperifollada, siempre de negro, linda y fatal, y por ello mismo, evasiva. Tomamos helados, paseamos por la plaza y, a punta de un hablar rendido, besos salivados y magreos, la arrastré nuevamente al Rivadavia. El hostalito estaba lleno, pero yo no me moví del recibidor por temor a que mi blanca presa se desanime. Y cuando el administrador me lo propuso, acepté un cuarto improvisado en la azotea que resultó bueno. Aquellos polvos fueron más placenteros y dulces que los primeros, el discreto perfume se cuajaba con los efluvios de su cuerpo evaneciéndose, y el aire se saturaba de un olor marino. No obstante, la shillica me confesó después, con una franqueza rayana en el afecto, que le gustaría hacerlo con más amplitud y calma. Comprendí que quería acabar de entender el amor, gozar todo lo que era capaz su sana naturaleza.
Me esperaba los sábados por la mañana en la plaza Francia, bajo la sombra del delicado portal de caoba del desusado Hospicio de Mujeres Vergonzantes y Escuela de Niñas Pobres. De ahí, un taxi nos llevaba a Cinco Esquinas, al Maryvón, una casona transformada en discreto hostal, cuyas ventanas de la segunda planta daban a la calle. El cuerpo rosado y fresco y el deseo fogoso y retozón de Susana, reflejados en toda su seducción en un espejo de cuerpo entero, contrastaban con la habitación amplia y limpia pero desvaída y sin cuadros, el catre de fierro negro y la calle cenicienta, desolada, triste. En nuestro refugio sabatino, donde la dócil y afable Susana -despojada de las alianzas, suelto el moño- se desplazaba desnuda con sus pechos erguidos sobre el entablado, adelantamos mucho en plenitud y tolerancia, hasta hincar mis dientes en su nuca. Sus senos imbatibles, y su heroicidad para avanzar en la cópula me llevaron a festejarla nominándola Marianne, como la Libertad de Delacroix.
Comíamos, por todo almuerzo, sánguches y naranjas. Cuando el verano terminó dejé de verla.
Meses después, nostálgico de sus mamas espléndidas, y esta vez premunido de señas más precisas, fui a verla al mercado de Zárate. La hallé hermosa como siempre. Esa noche de reencuentro, dando lustre a mi rango de funcionario de turismo, cenamos en un chifa de Pueblo Libre. La shillica, tomándome las manos, me confió que estaba por viajar a Uchiza, pueblo selvático malafamado por el tráfico de cocaína, para vender sus cosméticos y perendengues. Con un divorcio a cuestas, ella deshojaba conmigo sus azahares. Ya lo había hecho aquella vez que, en lo mejor de nuestra relación, me invitó formalmente a su casa, y no acepté. Ahora Susana iba más lejos, tocaba a sombra. Intenté aconsejarla pero el «ir por allí cuando se tiene lindura, hijos y un negocio, es insensato. No lo hagas, es demasiado peligroso» no bastó. Su hermosura demandaba protección, comodidad, una salida formal, y yo temía comprometerme. Y mi espíritu canalla se consoló con la idea de que su alma de grilla silvestre se había apoderado de ella, y persuadirla de desistir era imposible.
En el medio tiempo perdí mi empleo de burócrata y pajarié en las artes gráficas sin conseguir algo suculento, hasta el 88 en que me azorré y dirigí un taller de serigrafía que resistió por cinco años los embates de la recesión, y cobijó la débil hermosura de una huamanguina allanada a mi pasión.
A fines del 92, espoleado por el recuerdo de su albura nutricia, y haciendo caso omiso del acervo criollo, aluciné que el tiempo del amor había vuelto, que Susana estaba esperándome. Fui al encuentro de mi madura ricahembra con una mezcla de esperanza y temor. La tienda estaba cerrada. Pregunté por ella a su vecina, una bodeguera gorda y recelosa quien, después de aplicarme un interrogatorio en regla, me dijo: «La buenamoza viajaba a Uchiza llevando negocio, así estuvo como un año, yendo y viniendo. Parecía que le iba muy bien, hasta que un día no volvió más. La fondearon en el río Huallaga… eso dicen».
(1993)
De música ligera
Mayo 11, 2008
Con cincuenta años y sin mejores oportunidades, Bernardo aceptó, por segunda vez, la invitación de su amigo Diosdado y fijó su taller de diseño gráfico en La Carpa, espacio cultural de la Municipalidad de Lima, situada en la margen izquierda del río Rímac, al pie del puente Santa Rosa; refugio de actores, bailarines de ballet, saltimbanquis, folkloristas y, cosa nueva, rockeros.
Como su juventud había transcurrido entre la militancia política y las clases de arte, cuyo syllabus de Introducción a la Música II terminaba en Stravinski -cosas ambas que lo llevaron a ser uno de los belicosos tontos útiles que impidieron la presentación de Carlitos Santana en el estadio de San Marcos, en 1971-; Bernardo estaba exonerado dogmática y académicamente de la estridencia y el éxtasis del rock, y se acomodaba mejor con los otros artistas.
Sin embargo, fue morosamente ganado por las oleadas de jóvenes creadores de la canción tumultuosa, venidos de los barrios interiores y fronterizos de la ciudad, y por la amistad de Piero y Franklin, que no demoraron en llamarlo «Gurú», y en persuadirlo a colaborar con el diseño de carteles, decorado del escenario y el expendio de cerveza en los conciertos del Condorock, los viernes por la noche, a cambio de entradas y trago.
El Condorock programaba dos o tres bandas por fecha. En el lapso de un año transitaron, alternando con grupos novatos, las fundacionales Leuzemia, Narcosis, pasando por Mar de Copas, la Liga del Sueño, Dolores Delirio, los Hijos del Sol de Germán González, hasta Del Pueblo y el super pilerazo Rafo Raez que cantaba el poema El ciruelo, de Bertolt Brecht
…aunque no puede crecer
él sueña con ser mayor
pero nunca podrá serlo
teniendo tan poco sol…
Era una movida alternativa, contestataria o subterránea que movilizaba a la afición rockera limeña. Cada banda traía su mancha, o su manchón, como Los Mojarras de El Agustino, una barriada polvosa detrás del cementerio, donde se había forjado esta agrupación musical, que era la más aplaudida de Lima.
Para programar a Los Mojarras en el Condorock, Franklin, quien en mejores tiempos había traído a Lima a Los Fabulosos Cadillacs, les hizo una oferta que «Cachuca» no pudo rechazar: la mitad de la taquilla, más la carátula de su mítica revista Esquina, pronta a salir.
A cambio, Los Mojarras ofrecieron una racha de atronadoras canciones que iban desde Sarita Colonia, hasta las nuevas Luna Llena, Amor amar y la famosísima Triciclo Perú
Triciclo con zapatos
un vaso de chicha
un buen reloj
camisas, chucherías
tiradas en las calles
y en montón
persiguen la primera venta
las calles están repletas
impulsan el triciclo ambulante
llamado Perú…
apuntalando su buen manejo musical con un show escénico donde se destacaba la poderosa personalidad de «Cachuca», vocalista y líder del grupo, hicieron cantar y vibrar a sus fanáticos.
La Carpa era un circo de lona amarillo oro con dos cúpulas, un mundo flotante de jóvenes ebrios y drogados. Los rockeros sentados en la galería imitaban el compás agitando las iracundas cabezas, los de la pista pogueaban sin freno apelotonados ante el proscenio, saltando, girando, bandeándose, dándose de cabezazos, empellones y patadas, gritando, tasajeados por el iris de la luz giratoria. Mirla, una de las que más chillaba, empujaba, pateaba, se balanceaba, saltaba y giraba, excitaba a Bernardo.
Con el clamor de la fama, el concierto ha terminado. En el pequeño jardín de la entrada, sentados en una banca, el «Gurú» y Piero toman cerveza conversando pausadamente. Dentro de La Carpa, sus amigos Álex, Willy y Rolly, acompañados de Mirla y sus amigas metaleras, hacen lo propio. En la Dirección, un Franklin codicioso cuadra la taquilla, acosado por «Cachuca» y su banda.
Mirla, pequeña y vivaz como la pájara del mismo nombre, también es ronca y chillona como ésta, viste de negro y calza botines como todas las de su clan. Bernardo la descubrió entre los muchos fanáticos que se movían anhelantes ante la gran reja de entrada, minutos antes del concierto, y la jaló. La primera novedad que Mirla trajo fue que no estaba sola, sino que eran cinco; la segunda, que la pegaba de brashica; la última, que había estado buscando al «Gurú», sin conocerlo. Y no dejaría de buscarlo en toda la noche. Como ahora que ella sale de la carpa y los invita a pasar. Pero como ese movimiento no estaba barajado en su táctica de levante, Bernardo se abstiene y Piero contesta por él:
-Aquí estamos bien, continúen ustedes.
Mirla se va, apocada. Mas, tras un rato sale nuevamente, con dirección al baño, y al pasar roza con la cadera a Bernardo. Piero va por más cerveza. Como el baño está cerrado -con una pareja dentro- ella patea la puerta, requinta, retorna, y al ver solo al «Gurú», ingresa en el jardín, se baja los jeanes y se sienta a orinar a dos metros de él.
El chorro expande su tibia humorada sobre la hierba y un aire sibilante y perfumado de resinas acres, alerta las orejas, dilata las narices y eriza la piel de Bernardo, que se incorpora acercándose a Mirla. Ella eleva la mirada desafiante, se levanta, le acaricia el bulto y le inquiere con lascivia «¿Es todo mío, Gurú?». «Completamente», responde un Bernardo a punto de ser rebosado. Mirla salta a su cuello y se trepa a su cintura ciñéndolo con las piernas como a un tallo fuerte y querido, lo besa hondonadamente y se deja llevar al rincón, tras el biombo, donde lo desbragueta, olfatea, besa y mama el falo con avidez y ternura, se pone en cuadrúpeda incitándolo con su ondulante culito y su suplicante «jódeme, Gurú». Y Bernardo la toma de las caderas y la penetra con violencia, profundamente, en ese retazo de tierra sin techo y sin luna, donde ocasionalmente se han recogido para gozar y gemir de igual a igual, como dos amantes pobres.
Cuando Mirla y Bernardo salieron del rincón, La Carpa estaba a oscuras y cerrada; caminaron hacia los talleres del fondo llamando y por toda respuesta escucharon el rumor del río, el frío que sentían se intensificó, volvieron, treparon la puerta enrejada y, una vez fuera, emprendieron una alocada carrera por la avenida Tacna. Iban tomados de la mano y a Mirla le dio por bromear con los peatones, los emolienteros, los pirañitas. En la esquina con Emancipación toparon con un joven policía:
-Contigo quiero cachar -chilló la pájara, desafiándolo con un gesto obsceno-. Contigo, sí. Para desvirgarte.
El sorprendido tombo dibujó una sonrisa helada; ellos siguieron corriendo hasta la avenida La Colmena -que en realidad es un panal de putas- subieron hacia la plaza San Martín, pero a medio camino se metieron a un restaurante que ofrecía caldo de gallina. En Lima esta sopa se sirve en un tazón de caldo con tallarines, papas y dos huevos duros, acompañado por un plato con la gallina trozada. Bernardo tomó el tenedor, pinchó uno a uno los huevos y los pasó al plato de Mirla, anticipando:
-Ahí tienes mis huevos. La presa te la sirvo en la cama.
Mirla lo tomó como un cumplido. La metalera comía y hablaba sin pausa. Al terminar ella, él pidió Canada Dry, y le pasó los Marlboro. Mirla se puso a fumar profunda y lentamente, con ese aire melancólico de los fumadores. Y entre pitada y pitada se la agarró con Río de Janeiro: «Los cariocas son unos cabrones hijos de Macunaíma y la perra puta de su madre, que por unos cuantos cruceiros rifan a su mejor amiga…». Inusitadamante, se subió sobre la mesa y arrancó con un viejo rock de Roberto Carlos:
Onde quer que eu ande tudo é taõ triste
ão me interessa o que de mais existe.
uero que vocé me aqueça neste inverno
que tudo mais vá pro inferno.
Cantaba gesticulando y contoneándose armoniosamente, y el nisei tras la barra estaba tan embobado como Bernardo, pues una cosa es que una metalera subida a una mesa improvise un anto, y otra muy distinta que tenga una voz áspera, desgarrada, emotiva.
Mirla terminó llorando, se puso al lado de Bernardo y le confió: «Me hicieron mierda, sabes, me hicieron mierda, ¡mierda!», mirándole a los ojos esperanzada y atenta, y como él no era bueno para los lamentos, ella se compuso, le besó el cuello, le acarició el bulto y volvió a preguntar: «¿Es todo mío, Gurú?», y él contestó de nuevo «Completamente». Entonces ella se puso de pie, fue al baño, y desde la puerta lo llamó, él no se movió. Finalmente entraron al baño, pero cada quien al suyo.
Disipados los humores de las cervezas, salieron abrazados, bajaron por La Colmena. Ambos iban singularmente contentos, singularmente excitados, parando a trechos para besarse; doblaron por el pasaje Inclán, ingresaron en el hotel El Faraón.
Una vez instalados, Bernardo prendió todas las luces, encendió la estufa, echó al piso el edredón, colocó las almohadas contra la pared, se desnudó y se sentó recostado en las almohadas, observando a Mirla, que, parada en el centro de la habitación, parecía encantada. La pájara empezó a despojarse de su atuendo vagabundo; a la luz plena, el despojo de las ropas oscuras y holgadas descubría un cuerpo atezado, grácil pero firme. «Un talle de jineta para mi celo de caballo», dijo Bernardo. La pequeña se sintió presa de una excitación ansiosa y feroz, avanzó hacia él. Él se resbaló al centro de la cama y consintió que Mirla le picotease con besos y lamidos el racimo a su antojo, pues ya conocía la alidad de su fellatio natural y aperitivo. El cuarto se pobló de los suspiros de él. Cuando lo tuvo pletórico y lúbrico, Bernardo levantó la cabeza, sosteniéndola con las manos en la nuca y vio y sintió como Mirla se encajaba el miembro lenta, suavemente, acaballándose sobre su pubis y sus ingles y con las manitas apoyadas en el vientre de él, se ceñía con fuerza, consiguiendo una penetración total y una tensión muscular que hacía más intenso el placer, la delicia que Bernardo le procuraba palpando con su glande los puntos de su alfabeto íntimo. Empezaron los contoneos y el cuarto se embriagó con los gemidos y los olores de ambos. Así estuvieron unos minutos, en trote acompasado, hasta llegar, con una arremetida impetuosa, al galope desenfrenado, sudoroso y jadeante que derrumbó a Mirla con un largo gemido sobre el pecho de Bernardo, a la vez que éste profería un estrepitoso ¡Oooh carajo!
A caballo culminó aquel encuentro delirante. En la madrugada, al despedirse, Bernardo, ganador, apelando a la apetencia de Mirla, insistió en volver a verla. Ella puntualizó: «Cuando los Mojarras vuelvan al Condorock». Y es que si bien el signo de Mirla era jugar -y vaya si lo jugaba todo-, no se jugaba jamás el corazón.
(1995)
Cabellera del éxtasis
Mayo 11, 2008
Olga no era la muchacha acostumbrada a tomar el té con mamá, tampoco la chica de barrio de cita callejera. A sus 16 años, Olga era una señorita y sabía ubicarse dignamente en su lugar. Habituada a valerse por sí misma, atendía en el mostrador de una de las cien tiendas que American Dry Cleaners tenía en Lima; aquella que quedaba en la 9 de Carabaya, a dos cuadras de mi colegio, el Lima San Carlos. A mis 18 años, yo todavía no terminaba la secundaria y claro, no era el galancito que los domingos por la tarde la recogiera en su casa para llevarla a la matiné. El padre-presa que ella tenía -un taxista suelto en plaza que había jurado pasarme por encima su viejo Buick verde petróleo de dos toneladas- me lo impedía.
Superando la contrariedad, nos veíamos los domingos en el Parisi, donde tomábamos milk-shake estudiando la cartelera. Continuábamos a un cine de estreno, el barrio no importaba, podía ser incluso el umbroso El Porvenir, pero tenía que ser de estreno. El buen cine del 62 lo vi acompañado de Olga.
Ufano, porque mi chica, trigueña y agraciada, tenía una cabellera naturalmente perfecta, un pelo negro y brillante que exhalaba un aroma a miel de caña que me deslizaba como por un tobogán a las risueñas plantaciones de nuestra niñez. Y un tanto receloso por su vestir de señorita: blusa ligera, falda campanuda, zapatos de tacones altos y cartera; una cartera de cuero guinda, que contenía ella sola, además de su parafernalia detocador, bizcotelas, chocolates y caramelos. En ésto sí ella era una niña.
Estábamos rodeados por los hitos ambientales y sentimentales de la infancia provinciana, y ésto me infundía una confianza irreverente. Y la irreverente confianza tenía nombre propio: Marina, hembra de la calle El Tigre, vaya si era una fiera; mestiza, ojos chinos, labios carnosos y un cuerpazo de mujer; era joven y coqueta, y trabajaba en Sears -donde la conocí la vez que Angélica me compró un terno de lana gris-, y alquilaba un departamento para ella sola. Una salida con Marina me costaba la propina de un mes, pero valía la pena porque el baile en el Majestic o el chapuzón en Ancón culminaban en unos polvos cojonudos que me henchían de vanidad y me libraban de México, el laberíntico y sórdido burdel de La Victoria.
Tocaron el timbre del departamento. Mi madre, Donatila, abrió y desde mi dormitorio reconocí la voz de Olga. Mamá la atendió en la puerta; era la primera vez que se veían. Cuando Olga se fue, mamá se me acercó.
-Una muchacha vino a visitarte, le dije que estabas enfermo, te dejó saludos. Dijo que se llamaba Olga- me comunicó mientras me acercaba la frente para que la besase, y yo fingía despertarme. Observé que mi madre no dijo señorita o amiga,y no me preguntó quién era Olga.
Por su parte, la vehemente Olguita no dio marcha atrás, esperó en el rellano de la escalera. Cuando fueron las nueve en punto, mamá me sirvió el desayuno, hizo unas recomendaciones, tomó su bolsón de junco y salió, bajó por el ascensor y se fue al mercado. Yo ya esperaba a Olga en la sala cuando ella entró vivaz y tierna, nerviosa por el fiasco con mamá y escandalizada por mi enfermedad. «En realidad se trata de una gripe -le dije- y ya estoy bien». Plenamente aliviada, tras largos besos mojados en el sofá, pasamos a mi cuarto.
Tenía los cabellos de bestezuela desplegados sobre la almohada, la mirada brillante y triste, los labios encrespados, la piel morena cálida y lisa, los pechitos de aureolas y pezones pardos despertaban la iniciación -hundí levamente la yema de mis dedos en ellos-, la enagua levantada hasta el calzón de encajes… que traslucía su vello íntimo; una conmoción fragante emergía de ahí. Olga era un cuerpo expectante.
Tiraba de su trusa, cuando sus sollozos me hicieron levantar la vista; Olga lloraba con tierna exaltación, hecha una pobrecilla. Mi experiencia cachonda se agolpó en mi memoria como una imputación, sentí piedad. Los sollozos ecaron a perder la arrechura de mi pichón.
Extremando mi engorro por no haber llegado a mayores, la evité durante unos meses. Más cuando llegó diciembre, fui a verla a Carmen de la Legua, su empedrado barrio de junto al río. Era de noche, me puse en un lugar discreto, a distancia prudente de su casa y silbé convenidamente. Apareció Olga y su tremendo pelo de la mano de un atorrante, lo cual me dió muy mala espina. Cuando llegaron, interrumpiéndome el saludo, habló él:
-Yo sé bien quién eres tú, Olga me lo ha contado todo, pero eso se acabó, ella es mía, tú ya no cuentas. ¿Entiendes?
Se figuraba el petulante que sus palabras bastaban. Yo estaba armado de manopla y cadena -un miembro de la pandilla de Chlebowski jamás andaba desarmado-, pero no necesitaba recurrir a ellas para barrer el suelo con el mequetrefe, lo descontaba. Sin embargo, sabía que pisaba terreno enemigo y que en cualquier momento de la medialumbre callejera aparecería la canalla. Esto último y la actitud cómplice de ella me impidieron atacarlo por sorpresa. Dejé de mirarlo como al adefesio que era y apunté la vista a la turbada Olga.
Ella, presentada así, era patética. Su impaciente juventud había cedido en sus deseos. Era un hecho que él la tenía. Le pertenecían su intimidad, sus sentidos. Me sentí despreciado. Pero un punto de honor me indujo a preguntarme: ¿tenía él su corazón? ¿Conocía él sus latidos tan bien como yo? Aposté a su corazón:
-He venido porque acordamos viajar a Trujillo para pasar juntos la Navidad -le dije con el ápice de ternura que me quedaba-. Bueno, ya empezó diciembre y me pareció oportuno recordártelo. No contaba con que tú…
Olga empezó a llorar como una desventurada, un llanto culposo con ayes y restregándose los ojos y la cara con las manos. En eso también era una niña. Y el pobre diablo estaba demudado por la ironía. Yo, el primer chasqueado, aproveché de la comedia para largarme. Mientras caminaba odiaba los resabios poblanos de Olga -que también eran los míos-; mas esperando en el paradero gocé un resarcimiento burlón. Ya venía mi autobús, cuando una andanada de piedras cayó muy cerca de mí. No estaba equivocado. Me salvé a la volada.
Ahora, que vivo rodeado de mis pasiones pretéritas, tengo sentimientos encontrados en mi relación con Olga, a quien no he visto más. No obstante, de aquel desencuentro adolescente no ha quedado rencor ni pena. Acaso fue el doble juego de una muchacha temprana y un enamorador novato una mañana candorosa perdió, en la ciudad del río hablador, una virgen con la cabellera del éxtasis.
(2005)
Ángel de Vilcabamba
Mayo 10, 2008

Ángel de altura ángel terreno ángel niño
me fue dado acompañarte y así aconteció en el inicio
y feliz era nada me faltaba.
Pero te abandoné en brumas de incienso me extravié
nadie recuerda mi gloria vana.
He empobrecido padeciendo vivo
dando gracias por nada a todos orando ante el miedo.
Pero ya no más ya basta
mi bondad mi ánimo mi ilusión no están entumecidos
no estoy vencido no desmayaré nunca más.
Amantísimo ángel: Estoy aquí mírame
recobrado por la sangre fortalecido por la sangre
emancipado por la sangre.
Estoy aquí recíbeme como al principio
háblame nuevamente enséñame
el verbo material el modo esencial.
Eres salvaguardia segura labor ardua poder extenso
tiempo progresivo que revive que redime la esperanza.
1988
El libro de los sueños
Mayo 10, 2008
El libro de los sueños existe. A él he llegado de modo natural, sin que me lo proponga. En lo que va del verano se me ha revelado en dos ocasiones. Dos veces he cruzado el umbral de su misterio.
El hermoso volumen aparece en dócil claridad, después de un fluido azul, levitado en el eje de una cámara irreal, sin anaqueles, sin muebles, plenamente de él. No es un libro santo, es un libro sabio. Amplio y solemne como un tomo de la Suma Artis, abierto entre la multitud de sus páginas, amable como un loto de sedosa luz.
Me mostró -digo me mostró porque, aún estando tan cerca no estuvo a disposición de mis manos- su página derecha: alba, de exquisita tipografía itálica. La página izquierda, que corresponde al pasado, retuvo por un momento mi atención, pero no alcancé a descifrarla, inmerso como estaba en el presente.
El libro es premonitorio. Su lenguaje es simbólico, pero su mensaje es claro y su claridad cae sobre nosotros. Dice que nuestro amor es apenas vivido y comprendido, «un niño que empieza a caminar a través de los siglos». Expresa el juego complejo de la realidad, advierte las pruebas que hemos de afrontar; lo avisa en toda su página.
Como quiera que esto no me ha sucedido jamás, y no es una novedad -el libro de los sueños es comentado a través de la historia humana por escritores y artistas-, estoy creyendo que es verdad.
Créelo tú también, el libro de nuestro destino existe. Habita la dimensión del sueño, más allá del ensueño, en el confín del silencio, como un loto-luz en la noche unánime.
1991
Ofrenda
Mayo 10, 2008
Te ofrezco la noche insomne, la luna opaca,
la lívida luz del alba.
Te ofrezco el candor de un hombre que vive amargado.
Te ofrezco mi talla moche, mi estirpe sefardí.
A mi abuelo el tejedor Manuel;
amó mucho, se casó tres veces, vivió 102 años.
A mi padre obrero, redentor, encarcelado y torturado,
muerto de tisis en la sierra de La Libertad
-sobre su tumba anónima amarillea la escorzonera-.
Te ofrezco redivivo, al desgraciado nonacido que matamos,
y nos mira desde su ventana umbilical.
Te ofrezco una calle, un malecón, una ciudad de palabras
en la que puedas menearte.
Te ofrezco mi fidelidad renovada, mi nueva amistad.
Lo cautivo de mí, lo verdaderamente real, que permanece puro
y que no he estrenado en la vida ni ha envilecido el mundo.
Te ofrezco la melodía silvestre de un huayno
que endulzó mi corazón antes que nacieras.
La vieja canción que empezamos, culminada.
Te ofrezco nuevas revelaciones sobre el estilo de tu amor,
experiencias vivas de cómo amas ahora, cómo ahora sueñas.
Te ofrezco la ambición de Ai Apaec, el fuego de Jan.
Te puedo dar mi soledad, mi multitud, el río de mi niñez.
Estoy intentando intimarte con cambios, promesas,
novedades, orfandades, gratitud.
1992
Marinera serrana
Mayo 10, 2008
A Ayacucho me voy
-rincón de muertos-.
Tal vez una cantora
labradora o pastora
alfarera o hilandera
suelte su cabellera
negra y hechicera
que me haga morir.
La amaré dulcemente
y en Peraspampa
ataré a su trenza
-como un globo rojo-
mi corazón peregrino.
A Ayacucho estoy yendo
-rincón de muertos-.
Pues ¿Quién soy yo?
Chilalo del Chicama
canto extraño
cariño grave.
Ayacucho, 1994
Endechas
Mayo 10, 2008
Agua rala
que mana del pedernal
hebra clara
que despierta
pardo caracol.
Canción fluvial
rumor de bosque
eco lancinante
que atiende
el oído campestre.
Rosa montuna
amarga espina
tórrida sangre
que invade
el corazón eriazo.
Paloma cuculí
ondeo del viento
zureo del sueño
colinas de pan
incesante vuelo.
Noche huamanguina
deseo recóndito
de la luna
gorda y prieta
sobre el cacto.
Varona de raigal tribu
desnudo pie
obstinada danza
leve polvo
que asciende.
1997